Documental de William Vlásquez sobre Gustavo Corredor Ortiz
https://youtu.be/1b5rAU73P4M
El pensamiento de este sitio está plasmado en el texto con fecha MIÉRCOLES, 7 DE MAYO DE 2008, y titulado: "Opus Mundus". Si usted, luego de conocer ese texto y estar de acuerdo con su filosofía "Amar al Mundo sobre todas las Ideas", quiere participar aportando textos, videos, fotos o archivos de sonido que enriquezcan ese pensamiento, podrá enviar su material a opusmundus@gmail.com, donde será evaluado para su publicación. Bienvenidas y bienvenidos, ojalá se animen a ser parte de Opus Mundus!!
Vistas de página en total
jueves, 29 de septiembre de 2016
domingo, 29 de mayo de 2016
Dos Ángeles y Medio
En Ecuador es todo un acontecimiento cultural el rescate, restauración, digitalización y presentación, del material de la película "Dos Ángeles y Medio" (miren en Google y verán que es cierto). Se trata de un largometraje de ficción realizado en Colombia en 1958, en blanco y negro, formato 35 mm, producido por Carlos Corredor Pardo (mi padre, 1915 - 1961), y protagonizado por Marlon de Castro, Luis Alberto Martínez, y Gustavo Corredor Ortiz (o sea, YO, 1946 - ????). Me siento muy orgulloso por esto porque esta película es, ni más ni menos, el testimonio de la iniciación de mi carrera como actor hace, ni más ni menos, 58 años; no estoy seguro, necesitaría confirmación o corrección, pero puede que esto signifique también que yo sea el actor, vivo y activo como actor, más antiguo, o, se oye mejor, más veterano, del cine colombiano.
El orgullo con que los ecuatorianos, con toda la razón, presentan este acontecimiento como un evento nacional ecuatoriano, se debe a que el guion de la película es obra del escritor ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta (1909 – 1981), lo cual por supuesto justifica el mérito que en Ecuador se le da a la película como algo propio, pero no resta para nada el mérito colombiano por haber sido una realización producida con recursos completamente colombianos (aportados en su totalidad por mi padre), actores colombianos, técnicos colombianos, locaciones colombianas, postproducción colombiana, y todo lo demás, colombiano. Creo que eso hace que “Dos Ángeles y Medio” se pueda calificar, sin lugar a dudas, como una película colombiana en la cual, lo repito con todo el orgullo y sentido de pertenencia, tengo el honor y el mérito de ser uno de sus protagonistas; hago el papel de un, en ese entonces, gamín, ahora, habitante de la calle, bogotano de once años (uno de los dos “Ángeles” de la historia).
Recordando un poco sobre la gente de esta producción, puedo decir que, como ya se dijo, el productor Carlos Corredor Pardo y el guionista Demetrio Aguilera Malta, están muertos. No estoy seguro pero creo que también está muerta la directora, una mexicana simpatiquísima que se llamaba Velia Márquez y era la compañera sentimental de Demetrio. Me encantaba que Velia me dirigiera y me esforzaba en hacer las cosas a su gusto, porque cuando lo lograba me premiaba con un abrazo en el que me consumía el rostro entre sus senos. El director de fotografía y camarógrafo era Dagoberto Castro, muy buen tipo que nos hacía reír todo el tiempo, muy prestigioso por esos días pero de quien después de la película no volví a saber nada. La actriz que hacía de niñera del medio ángel era Beatriz Dishington, mujer buenísima y buenísima gente con la que me encantaba conversar; creo que fue con ella que aprendí que algunas mujeres bellas también sirven para hablar; de ella tampoco volví a saber nada. El “galán” que entretuvo a la niñera en el parque y permitió que el medio ángel se perdiera y terminara entre la gallada de los gamines, era un empleado de mi papá, un tipo bien parecido que era vendedor en una de las empresas del viejo, quien a la muerte de él y la quiebra de sus empresas, apareció con empresa propia de artes gráficas, con la misma maquinaria que era de mi viejo, y de quien sí he sabido toda la vida; se convirtió en un industrial millonario y amargado con el que no se puede hablar; se llama Bernardo Moreno y hasta hace como diez años supe que estaba vivo, no sé si todavía lo está ni me interesa. El “medio ángel” era Marlon de Castro, un niño de dos o tres años, hijo de mi estimado camarógrafo, que en la peli no tenía que hacer más que dejarse llevar, y de quien, a pesar de tener desde chiquito ese nombre tan artístico, nunca volví a saber nada. De los “dos ángeles”, o sea los dos gamines que se encuentran al chinito de estrato 18 perdido y pasan las duras y las maduras tratando de ver cómo lo devuelven a su casa, pues uno era yo, y el otro era un gamín de verdad, lo que ahora llaman “actor natural”, que pertenecía a la gallada, ahora “parche”, de los gamines, ahora “ñeros”, del Parque Nacional de Bogotá. El chino era, o es, no sé si estará vivo, es un par de años menor que yo, así que si vive debe tener unos 68 años, de nombre Luis Alberto Martínez, alias “chispas”. Con él hicimos una muy bonita amistad. Como pago por su actuación mi Papá lo llevó a vivir a nuestra casa en las mismas condiciones en que vivíamos mis hermanos y yo, y le ofreció encargarse de su educación y de su vida como si fuera otro de sus hijos. Eso me puso muy contento y ya le estaba preparando el camino para su entrada al Liceo de Cervantes, donde yo estudiaba, cuando me dio una sorpresa de la que aprendí mucho sobre la vida y la gente: no había pasado un mes desde la terminación de la película, cuando Luis Alberto se desapareció de la casa llevándose únicamente la ropa que tenía puesta. Fuimos a buscarlo al Parque Nacional, y los compañeros nos dijeron que se había escondido porque no quería vernos, y que nos pedía perdón por “habernos fallado”, pero que él no soportaba una vida diferente a la de la libertad de la que disfrutaba con su gallada; en ese momento él era un niño de 9 años... Años más tarde, tal vez unos 20, sentado en uno de los bancos del centro donde le lustraban a uno los zapatos, es decir en aquella remota época en la que yo todavía usaba zapatos de lustrar, me quedé mirando al lustrabotas de unos 28 años que creí reconocer, y le pregunté:
─¿Luis Alberto?
─Sí don Gustavo ─me contestó.
Resultamos almorzando juntos en un restaurante, donde me contó que a veces se arrepentía de haber perdido la oportunidad de ser un profesional con una vida muy distinta a la que llevaba, pero que por lo general, sobre todo cuando veía la forma de ser de algunos de sus muy elegantes clientes, muchos de los cuales desempeñaban sus actividades a una cuadra de ahí, en el Capitolio Nacional, le agradecía a la vida por haberlo guiado a tomar la decisión de irse de nuestra casa, y no haber corrido el riesgo de llegar a parecerse a esa … -perdón pero sería una falta de respeto con Chispas el cambiar su expresión-…manada de hijueputas.
Son muchas las anécdotas y recuerdos bellos asociados a la película “Dos Ángeles y Medio” que están llegando ahora a mi mente. Ya veré en qué forma decido contarlos. Por ahora lo único que cuento es que he recibido la noticia de que en estos días van a pasar la peli por Señal Colombia. Voy a ver si logro saber cuándo y a qué hora y se los comunico.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Respirando
Pasado…
Revolcando por ahí algunos
papeles viejos, me encontré con un testimonio de la historia familiar del cual
hace muchos años me había olvidado, y que, al verlo de nuevo, me volvió a
inflar el pecho de orgullo, como cuando lo conocí por primera vez. Se trata de
unas fotocopias de dos columnas publicadas en El Espectador a mediados de los
mil novecientos ochenta, una escrita por Gabriel García Márquez, quien no
necesita presentación, y la otra por don José Salgar, el empleado más
importante en la historia del periódico, quien empezó a trabajar allí como
mensajero a los doce años, en 1933, y se retiró setenta años después siendo el
director del prestigioso diario.
La columna de García Márquez
fue escrita precisamente en ocasión del 50° aniversario de José Salgar como
trabajador, ya subdirector de El Espectador, y se refirió a varios temas
anecdóticos sobre la vida cotidiana entre el personal del periódico. En uno de
los apartes comentó sobre un linotipista que trabajó allí muchos años, a quien
todos llamaban “El Guardián del Idioma”, y el propio García Márquez, quien con frecuencia
le consultaba sus dudas sobre la escritura y le confiaba la corrección de sus
textos, llamaba: “El Sabio del Linotipo”. Lo que García Márquez escribió sobre
este personaje fue literalmente lo siguiente:
“…un linotipista estrella ─de
aquellos que ya no se hacen─ el cual a su vez llamaba la atención de sus
compañeros por dos virtudes distinguidas: porque se parecía como un hermano
gemelo al presidente de la República don Marco Fidel Suárez, y porque era tan
sabio como él en los secretos de la lengua castellana, hasta el punto de que
llegó a ser candidato a la Academia de la Lengua”.
En ese tiempo don José Salgar
publicaba su columna “El Hombre de la calle”, y en ella se refirió a la escrita
por García Márquez y la dedicó a la memoria del linotipista; decía, literalmente,
así:
“RETROSPECTIVA.─ Gabriel
García Márquez retrocedió treinta años y volvió a sus momentos de reportería en
Bogotá, durante cordial cena de compañeros que me ofreció la redacción de El
Espectador por los cincuenta años a bordo del periódico.
Esa noche se invirtieron los
papeles y un Premio Nobel terminó averiguándole la vida a sus colegas de
periodismo. De allí salió la estupenda columna del domingo en la que Gabo refrescó
episodios ocultos en la vida del diario, como aquel tablero de las noticias, la
vigilia por el hipo del Papa Pío XII o el “linotipista estrella ─de aquellos
que ya no se hacen─ el cual a su vez llamaba la atención de sus compañeros por
dos virtudes distinguidas: porque se parecía como un hermano gemelo al
presidente de la República don Marco Fidel Suárez, y porque era tan sabio como
él en los secretos de la lengua castellana.”
Buscando pistas sobre la vida
y la muerte del sabio linotipista, localicé ayer a un hijo suyo que ya pasó de
los cincuenta años de trabajo como corrector de pruebas, ahora trabaja en
Consigna, y lleva el mismo nombre de su padre: Víctor Julio Corredor.
EL MAESTRO.─ Hace 50 años don Víctor Julio Corredor ya
tenía una importante historia: había sido diputado a la Asamblea de
Cundinamarca y su compañero de escaño fue don José Vicente Concha, quien
después como presidente de la República lo llevó al cargo de administrador de
la Imprenta Nacional. Por esa época llegaron a Bogotá los primeros linotipos y
se matriculó como aprendiz de la máquina maravillosa. Entró a trabajar a El
Espectador y el resto de su vida lo dedicó al linotipo, a la poesía y a la
corrección en todas sus acepciones.
Recuerdo que me tomó como su
alumno, me enseñó a teclear, a leer al revés en los lingotes, a descubrir
errores a golpe de ojo. Tenía aspecto de maestro venerable, con chivera blanca,
calva reluciente, ojos juguetones. Enrojecía al encontrarse con una falta de
ortografía. No dudaba al enderezar frases mal construidas en originales de
grandes escritores que llegaban a su linotipo.
Cuando murió en 1960, a los
82 años, Eduardo Zalamea Borda le hizo un elogio en “La Ciudad y el Mundo” y la
Academia de la Lengua le rindió un homenaje. Sus únicos escritos publicados en
vida habían sido varias críticas literarias en El Nuevo Tiempo.
Sus hijos recogieron después
los versos que se dedicaba a escribir en las noches, cuando terminaba su
trabajo en la imprenta, y editaron un libro. Víctor Julio, hijo, recita un
soneto con esta resonante cola, que hoy hace las veces de coletilla:
¡No sé reír cuando la vida
es buena,
ni sé llorar si pruebo la
amargura!”
Pues sí, ese Sabio del
Linotipo, ese Guardián del Idioma, ese Linotipista Estrella, ese Maestro, era
el papá de Carlos Corredor, mi Papá, o sea, era mi abuelito paterno. De ahí el
orgullo que me infla el pecho, y, seguramente también de ahí, el amor por la
escritura y por la aplicación, con seguridad mucho menos depurada que la de mi
abuelo, de la gramática y ortografía correctas, en lo que me fijo tanto como
para estar seguro de que mi abuelo tampoco habría dejado pasar a don José
Salgar ese “averiguándole la vida a sus
colegas” en lugar de la correcta
“averiguándoles”. Gracias abuelito por tus genes, gracias porque jugando
conmigo me enseñaste a leer y escribir de corrido a los 5 años, gracias por el
cariño que me diste y el orgullo que me das, y gracias por haber compartido tus
cigarrillos conmigo cuando yo tenía 13 años y tú 81 y, conversando y fumando
juntos, me hiciste sentir que éramos amigos. Viejo divino, ponte un beso!
jueves, 26 de noviembre de 2015
La Muela
y el Puente
Cuento, por Gustavo
Corredor Ortiz
Nunca antes había temido
atravesar el puente. Lo había hecho siempre con todas las precauciones, pero
nunca con miedo. Pero esa mañana, al verlo bambolear por el viento, notar el
vacío de los otros dos travesaños del centro que habían desaparecido por la
noche, y oír el agónico crujido de los deteriorados maderos que sostenían las
maltrechas lianas, lo pensó, y se lamentó por no haber sacado el tiempo que
tantas veces se había propuesto para venir a arreglarlo en un día de descanso.
Tampoco había nadie más que se interesara en arreglarlo, porque hacía más de un
año se habían ido los últimos vecinos que quedaban en el inhóspito risco.
Tendría que atravesarlo con más cuidado y esperar para empezar a repararlo en
el siguiente día de descanso.
—¿Pero cuál descanso?—.
Pensaba mientras, con el costal de las herramientas amarrado a la espalda,
agarrado de las lianas de arriba trataba de poner cada pie descalzo en el
extremo de los travesaños resbalosos por el rocío, que era la parte soportada
por las lianas de abajo. Lo pensaba porque el día libre de cada dos semanas,
además del desaliento y malestar por el aguardiente de la noche del día de
pago, tenía que dedicarlo al rancho. Que las goteras del techo de lonas y tejas
rotas, que los tablones del piso más carcomidos y viejos que los del puente,
que los fríos chiflones por entre los cartones y latas de las paredes, que la
estufa, que la mesa, o el cascajo para el barrizal de la entrada. Todo lo
que Graciela no podía arreglar —pobre Graciela—. Hacía meses que no la podía
llevar al pueblo a visitar a la anciana madre y a que la viera el dentista,
porque para eso se necesitaban dos días libres seguidos, y para completar la
desdicha de la mujer el dolor en la cara ya no se le había querido volver a
quitar; le aumentaba cada día, y la inflamación crecía. Lo único que la calmaba
era el emplasto de clavo de olor macerado en aguardiente, que introducía seis o
siete veces al día entre el hueco negro que había consumido casi toda la muela.
Siempre, al pasar el
puente, quiso calcular la altura de éste sobre el escandaloso río que bajaba
con furia golpeando las rocas, pero no la había logrado determinar. Lo único
que sabía era que andaba entre tres y cuatro veces el largo del puente o, también,
entre seis y siete veces la altura de la casona de dos pisos de la alcaldía.
Era un precipicio estrecho y profundo al que llamaban “el cañón tragón”. En
ocasiones dejaba caer palos o piedras y se emocionaba al ver que parecían
desaparecer antes de tocar el agua, porque la corriente era tan rápida que no
permitía ninguna salpicadura; simplemente se tragaba las cosas. —Este sábado no
voy a tomar aguardiente, voy a dejar esos pesos para comprar manilas de ésas de
plástico que venden ahora y nunca se pudren —se dijo alarmado por el chasquido
que sintió en una de las lianas de abajo, en el momento en que daba el último
paso antes de pisar tierra al otro lado. Volteó a mirar pero no vio nada raro,
las lianas seguían ahí.
Cuando volvía del trabajo
al anochecer, cansado, sudoroso y hambriento, al poner los dos pies sobre el
puente volvió a sentir el chasquido y se devolvió de un brinco. Quedó temblando
de susto y pensó que, si no fuera por Graciela, habría sido mejor quedarse a
dormir bajo la enramada del aserrío aunque le hubiera tocado entre los barriles
de ACPM. Pero no había remedio, le tocaba llegar al rancho, o si no la mujer se
podía volver loca de zozobra pensando en qué le habría podido pasar. Para pesar
lo menos posible decidió dejar las herramientas entre unos arbustos, y ésa fue
la primera vez en la vida que agradeció el hecho de tener el estómago vacío,
porque, debido al dolor de muela, Graciela no le había podido preparar nada de
comer para llevar y, él, en lugar de los coscorrones que acostumbraba darle
cuando esto pasaba, la había perdonado con toda la consideración por su
lamentable estado. Le dio risa nerviosa cuando pensó que si tuviera unos
aguardientes entre pecho y espalda estaría pasando el puente con la
tranquilidad con que caminaba por el camino real, e imaginándose que se los
había tomado se armó de valor y emprendió el arriesgado cruce.
Los nueve minutos que le
tomó la travesía del puente se constituyeron en el lapso más largo y azaroso
hasta ese instante de su existencia. Aunque sudaba copiosamente y se sentía
arder por dentro, la piel se crispaba por la gelidez del viento y las hirientes
gotas de llovizna. Los dedos de las manos le dolían engarrotados por el frío y
la fuerza con que se tenía que asir a las lianas. El vaivén de la estructura,
los crujidos y lamentos de los maderos, el zumbido del ventarrón y el estruendo
de las rabiosas aguas bajo él, todo magnificado por el eco de las escarpadas
paredes del cañón, se le antojaba como el rugido de mil leones hambrientos que
le esperaban para destrozarlo en el fondo del negro abismo. El sabor a sal en
la lengua y la contracción de todas las vísceras en el abdomen fueron los
síntomas del terror que casi le paralizaba. Tuvo que hacer un gran esfuerzo
para controlar las náuseas, porque se imaginaba que, aunque no tenía nada que
vomitar, si lo intentaba los sacudones de las arcadas podrían afectar la
precaria resistencia de las deshechas lianas. Los pies descalzos resbalaban
sobre la musgosa baba de los travesaños podridos y mojados, por lo que le tocó
terminar la segunda mitad avanzando de rodillas, y terminar acostado sobre los
travesaños tratando de clavar los dedos en el barro del barranco al que llegó
tan agotado, que tuvo que quedarse un rato echado sobre el fango antes de poder
volver a moverse.
Hubiera querido descansar
más antes de emprender la trepada del abrupto monte que, por primera vez,
tendría que afrontar a oscuras porque hasta ese momento cayó en la cuenta de
que había dejado la linterna entre el costal de las herramientas, pero el helado
aguacero con granizo en que arreció la fría llovizna le obligó a ponerse en
marcha. Sólo el rogar al Divino Niño Jesús y a la virgencita de Chiquinquirá
para que le acompañaran, le ayudó a soportar la penosa subida por el
traicionero risco, hasta la planada del rancho a donde llegó aterido y
extenuado soñando con que podría lavarse con agua tibia, recuperarse con una
taza de agua de panela muy caliente, y meterse bajo la cobija a dormir abrigado
por el calor de la mujer. Pero tanta dicha no fue posible. No más al atravesar
la puerta vio que la estufa estaba apagada; no había agua tibia y menos agua de
panela caliente. El primer impulso fue ir a la otra habitación y moler a golpes
a la inútil, pero el angustioso lamento con que desde allí le llamó ella al
oírle entrar, le produjo un escalofrío de pavor porque se le pareció a los que
emitiera un compañero de trabajo antes de morir aplastado por el arrume de
troncos que se le había venido encima.
Entró apurado a la
habitación pero al ver a Graciela tirada en el camastro quedó tieso. La cara
era una bola irreconocible. La inflamación deformaba todo el lado izquierdo
desde la frente hasta el cuello. El ojo no era más que una arruga de la que
supuraba una crema viscosa y amarillenta.
—Ayayay… me muero, me duele
mucho, me muero —gemía Graciela mientras con desespero se cogía el oído con una
mano y el cuello con la otra.
Lo primero que se le
ocurrió fue hacerle un emplasto, pero cuando miró al frasco del clavo de olor
lo vio vacío.
—Lléveme, lléveme a que me
hagan algo… ay… me muero.
Pero, ¿cómo? Era imposible
llevarla a esa hora y con ese aguacero que ya era tempestad. Trató de mirarle
entre la boca a ver cómo estaba la muela, pero lo único que logró fue volver a
sentir náuseas. La muela no se veía porque estaba cubierta por la masa purpúrea
y sanguinolenta en que se había convertido la encía.
—Lléveme al dentista,
lléveme… me muero.
Fue por la botella de
aguardiente pero no quedaba más que un sorbo. Se lo hizo beber advirtiéndole
que hiciera buches antes de pasárselo, y ella obedeció, pero aparte de olvidar
por tres segundos el dolor al ser superado por el ardor en la encía, no sintió
ningún alivio. Consideró hacerla beber alcohol de reverbero hasta que se
durmiera de la borrachera, pero recordó que le habían dicho que ése era el que
usaban para adulterar licor, que no se podía tomar porque dejaba ciegas o
mataba a las personas que lo consumían, y era cierto; en el pueblo había un
ciego y tres muertos que lo atestiguaban. Lo único que pudo hacer para que la
pobre esperara a que amainara el temporal y pudieran bajar el risco, fue
abrazarla con toda la fuerza y pedirle a la Virgen que le pasara el dolor a él.
No supieron cuánto tiempo transcurrió entre ruegos, lamentos, gemidos y
llantos, pero a ellos les pareció como un año. Al fin, cuando todavía estaba
oscuro, la tormenta cedió y les dejó salir del rancho.
Previendo los riesgos de la
bajada entre los filosos peñascos y la pasada del puente, decidió llevar la
soga larga para amarrar a Graciela por la cintura y sostenerla en los tramos
peligrosos, lo cual le costó grandes esfuerzos porque la desesperada mujer
quería andar mucho más rápido de lo que el terreno permitía. Al llegar al
puente quiso indicarle las precauciones que debían tener para pasarlo, pero
ella no le puso atención y sin pensarlo dos veces inició la travesía casi
corriendo. Él no pudo hacer más que enredarse el lazo en una mano y mirar a su
alrededor buscando de qué agarrarse con la otra para poder sostenerla si caía,
pero no tuvo tiempo de hacerlo porque cuando apenas ella había recorrido los
primeros pasos, una de las lianas de abajo se reventó. El tirón que ocasionó el
peso de Graciela al caer al vacío fue superior a sus disminuidas fuerzas, y no
pudo evitar el ser arrastrado por ella al abismo. Como la mujer iba cayendo
antes que él, lo último que pensó fue en mirar muy bien el agua cuando llegara
para ver si se producía alguna salpicadura, pero como estaba tan oscuro no lo
pudo saber.
Gustavo Corredor Ortiz. Del
libro Opus Mundus.
lunes, 23 de noviembre de 2015
Usted
Beneficia, o daña a su sociedad?
Test íntimo. Pregunta N° 1
La siguiente pregunta hace
parte de un “Test Íntimo”, es decir, una serie de preguntas que no tiene que
contestarle a nadie más que a usted, allá, en su mente, donde puede tener
completa sinceridad, y que nos va a ayudar a situarnos en la realidad de
nuestro carácter como miembros de una sociedad. Vamos a ir publicando las
peguntas una a una, para dar tiempo a reflexionar, también íntimamente, sobre
los resultados de cada respuesta.
Pregunta 1: ¿Ha imaginado
alguna vez, con ganas de que suceda, como una especie de solución, que algún
evento natural, como un terremoto, o una inundación, o algo como la explosión
de una bomba muy poderosa, acaba, en el caso de Bogotá, con todos los
habitantes de ciudad Bolívar, Bosa, Soacha y todos esos barrios donde viven los
“pobres”, o cuando ve en los noticieros las tragedias como inundaciones o
derrumbes que afectan a gentes humildes en los campos o regiones, piensa que se
lo merecen porque eso es lo que se han buscado por no producir para vivir en un
sitio mejor?
(La misma pregunta para las
otras ciudades, respecto a las zonas de estratos bajos)
Si su respuesta íntima y
sincera es NO, dependiendo del resultado de las demás preguntas del test, es
posible que usted resulte ser una persona normal apta para vivir en sociedad.
Si su respuesta íntima y
sincera es SÍ, usted es una de esas personas egoístas y arrogantes, que cree
que sus intereses valen más que la vida de los demás, que está de acuerdo en
que siga la guerra para que otros seres humanos que usted no conoce y son
humildes mueran matando a los que le incomodan a usted, y, en fin, usted es una
de las personas culpables de que Colombia sea uno de los países más desiguales
del mundo, y prefiere vivir en el subdesarrollo para saber que seguirá habiendo
mucha gente “inferior” a usted, en lugar de apoyar la superación de la pobreza
y las diferencias para que vivamos en un país más justo y desarrollado.
No soy amigo de pedir
“likes” para mis publicaciones, pero en este caso, dependiendo de la cantidad
de “me gusta” y de comentarios o compartidos, sabremos si vale la pena seguir
publicando las demás preguntas del test.
viernes, 20 de noviembre de 2015
Lo salvaje de ser civilizado, o las
fronteras mentales en un mundo globalizado.
Es natural la defensa frente a un
ataque y comprensible la retaliación. Pero como ciudadano, prefiero pensar
individualmente para no terminar, pasivamente, siendo parte de un extremo en el
que no quiero estar. Mientras tanto, que la inteligencia, o la brutalidad de
los estados que se atacan y defienden, se encarguen de eso, de atacarse y
defenderse.
Que ISIS sea un grupo terrorista
conformado por salvajes asesinos psicópatas que pretenden instaurar un modo de
vida político y religioso equivalente a un retorno a la edad media o que la
expansión de sus acciones en occidente, como parte de su objetivo primordial de
reconstrucción del Califato, sean comparados con el comportamiento de una
metástasis; son los highlights del reduccionismo al que, para un gran
número de periodistas, bloggers y usuarios de las redes que tratan de ser
contundentes en llamar al crimen por su nombre y no dejar ningún resquicio por
el que se pueda filtrar una posible justificación de ese accionar criminal, se
termina sometiendo cualquiera de sus notas y conceptos sobre este grupo.
Claramente no pretendo justificar
ningún acto de crimen y terror, actos que sin duda condeno, cuestionando este
tipo de posiciones tajantes. Solo intento dimensionar, de alguna manera, a qué
se enfrenta el mundo que ha sido declarado objetivo de los ataques de ISIS y
frente a esta búsqueda percibo una irresponsabilidad mediática ligada a los
acontecimientos que los ataques en París han desatado. Por frenético que sea el
momento histórico que vivimos, lo que decimos no debe ser inmediatista ni
subestimar, por juzgar desde el dolor y el odio antes de indagar, el fenómeno
en que este grupo se ha convertido al reducirlo todo al resultado de una
violencia irracional. Porque en la propagación de su pensamiento fuera de sus
fronteras, alguna lógica, por brutal que nos pueda parecer, está afectando cada
vez a más personas de occidente. Para este análisis, por demás urgente, debemos
ver los actos de este grupo desde sus fundamentos radicales y no solo desde la
soberbia y superioridad propia de los que habitamos el "mundo
civilizado". Como no conozco a ningún miembro de ISIS en persona y casi
todo de ellos resulta para mí un misterio me esfuerzo, como las personas que sí
conozco y luchan contra la metástasis de un cáncer o la psicopatía con las que
se les compara, en entender a fondo la enfermedad para enfrentarla y evitar, en
la desidia que puede producir el reduccionismo, perder una batalla contra el
tiempo, la locura o la inevitable muerte.
Si no se nada del otro tengo en cuenta,
antes de definirlo, que no necesariamente occidente, el primer mundo o lo que
aparentemente conozco, representan lo que supone la modernidad desde la que se
le llama salvaje a todo lo diferente. Porque, por poner un par de
ejemplos, veo como los modelos educativos de occidente poco han variado desde
su concepción en la Ilustración o como las monarquías de Europa que, aunque
pierdan progresivamente el poder que alguna vez tuvieron, son estructuras
estáticas cada vez más alejadas de una juventud que domina el uso de las
herramientas modernas, las mismas herramientas con las que la visión del Estado
Islámico se propaga muy fácilmente y a las que sí son susceptibles estos
jóvenes que se sienten invitados a participar en un sistema que, a diferencia
de las democracias en las que habitan, los invita a participar activamente en
algo. Los países civilizados llaman a sus poblaciones, como un todo, a
apoyar sus iniciativas militares como espectadores desde los medios masivos,
mientras en sus laptops y teléfonos móviles, los jóvenes individuos marginados
de esas mismas sociedades desarrolladas, modelos educativos anacrónicos y
formas de gobierno estáticas; son invitados y, en muchos casos, radicalizados
como militantes activos de los salvajes, seducidos por una conversación
en primera persona que por fin les da valor y pertenencia al dejarlos ser
emisores, no solo receptores.
La industrialización que llena de
opciones la aparente libertad de la demanda frente a las góndolas de los
supermercados, la capacidad militar que desfila en fechas importantes
desplegándose vistosamente, como las plumas de las aves del paraíso, para
asustar a los bárbaros del subdesarrollo o la infraestructura que mueve y
conecta países; son elementos de la modernidad que se vive o a la que se
aspira. Pero me pregunto, ¿es esta modernidad moderna?, esta noción debe
partir, también, de la capacidad de replantear la forma en que operan todos
esos elementos que la sustentan. La modernidad de los "países
civilizados" no está en duda, para mí, solo por los anacrónicos motivos
que mencioné anteriormente, sino porque se basa en la utilización de unos
recursos naturales no renovables que no les pertenecen y que, en su gran
mayoría, deben ser obtenidos sin importar las personas, los derechos y las formas
de vida de sus verdaderos dueños. Porque es una modernidad no sostenible,
basada en una revolución que ya fue y que, dos siglos después, está acabando
con el planeta.
Si hay una oportunidad para
repensarnos como humanidad, seguro es esta. Sueño con que no la desaprovechemos
y, en vez de vivir este modernismo con regusto a medioevo, tengamos un nuevo y
definitivo renacimiento en el que el florecimiento económico de cada país no
dependa de las guerras que libra en otros, sino de su capacidad de darle la vuelta
a la forma de producir su energía, del talento creador, de la capacidad de
trabajo de su gente y en el que las fronteras, más que barreras físicas desde
las que se establece la discriminación, sean la delimitación de identidades que
nos recuerdan el respeto a la diferencia en la diversidad. Un mundo en el que
la verdadera cooperación de los más fuertes sea la finalización de las
prácticas que hipócritamente esconden tras las migajas de las donaciones
humanitarias para los más débiles.
Que bien se siente hablar del mundo
globalizado y qué difícil es entender que los problemas actuales, de otros
lugares del globo, también son míos.
Comentarios
Gustavo
Corredor Ortiz Excelente nota, es una sensata explicación
que tiene el gran mérito de abordar un problema global sin caer en el facilismo
de las teorías religiosas y la responsabilidad de los fanatismos, es decir, que
está de acuerdo con el postulado "Amar al mundo sobre todas las
ideas", y por eso le solicito a Tomás Corredor su autorización para
publicarla en el blog "Opus Mundus"
Tomás Corredor Dale Gustavo, todo un honor mi viejo amado.
Etiquetas:
civilización,
diversidad,
fronteras,
intolerancia,
salvaje
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Carta
sin título
Los
hechos sucedieron a mediados de los mil novecientos ochentas. Yo los conocí al
principio de los noventas por medio de una de las personas más cercanas al
niño; una de las tres o cuatro cuyas vidas quedaron marcadas y, a raíz de
aquello, nunca podrían volver a valorar al mundo como otra cosa que un montón
de basura. El conocimiento de este asunto fue el primer motivo para que me
interesara en escribir, porque se quedó en mi mente como suciedad en el riel de
una puerta corrediza; cada vez que intentaba abrirla sentía la obstrucción. De
alguna manera quería contarlo todo, pero no encontraba la forma. La primera
intención, impulsado por la rabia y el asco, fue desarrollar una crónica
completa con nombres propios, fechas, lugares y todas las condiciones de una
denuncia, pero, por fortuna, antes de terminarla, la misma persona que me
refirió los hechos me hizo desistir haciéndome caer en la cuenta de que,
primero, la denuncia pasaría inadvertida y sería ocultada y tergiversada como
lo fue la presentada ante las autoridades, ya que los responsables pertenecen a
una organización cuyo estatus y poder les confiere carácter de intocables, y,
segundo, porque revivir el caso significaba volver a abrir las heridas de las
personas inocentes que se vieron afectadas, y convertirlas de nuevo en carne de
morbo y escándalo.
La
segunda intención fue una novela basada como tantas en un hecho real. Fueron
casi quince años pensando la forma como debía resolver la inquietud, durante
los cuales escribí tres novelas y algunos relatos sobre otros temas. Empecé a
desarrollar la historia unas seis o siete veces, pero no más en las primeras
páginas ya me parecía que cualquier enfoque con apariencia de ficción constituía
una falta de respeto hacia la penosa verdad. Por último reconocí que nunca
lograría ser tan gráfico como lo fue el niño, y es por eso que preferí
simplemente intentar transcribir su pensamiento, porque ninguna interpretación
o adaptación ajena conseguiría más que llenar ese dolor de adornos que
atenuarían la crudeza de la realidad.
La carta
que van a leer no es la original, ya que ésta fue destruida en medio del
sufrimiento e indignación de las primeras semanas. Es una reconstrucción realizada
a conciencia en compañía de los dos únicos seres queridos que conocieron la
real, y la leyeron tantas veces que la aprendieron casi literalmente y, según
ellos, aunque puede haber pequeñas diferencias en la redacción, ortografía y
gramática, quedó completamente fiel a los sentimientos, momentos y motivaciones
que él niño expresó en la suya. Sólo se han cambiado nombres y omitido detalles
que podrían revelar características del hecho específico. No hay más que
agregar, ustedes sacarán sus propias conclusiones. La carta decía así:
“Mamá,
papá, les pido su perdón. Discúlpenme si esta carta tiene errores, o si es muy
enredada y les cuesta trabajo entenderla, pero es que me siento destrozado y no
sé si voy a poder escribirles mis ideas en orden. Yo sé que los estoy haciendo
sufrir mucho más de lo que han sufrido con cualquier otra cosa en su vida. Sé
que ustedes pensarán que tienen la culpa de esto, pero quiero decirles que no
es así. Ustedes no tienen la culpa. Ustedes lo único que hicieron durante toda
mi vida fue darme mucho amor, y hacer todo lo que tuvieron al alcance de su
mano para darme bienestar, para formarme como una persona de bien, y para
ofrecerme el mejor porvenir. Gracias, de verdad, gracias por ser todo lo que
fueron para mí, y cuando les explique las razones que tuve para hacer esto,
espero que me entiendan y se convenzan de que fue lo mejor para mí, para
ustedes, y para él.
Lo que pasa es que no le veo ningún futuro a mi
vida. Ahora, cuando estoy cumpliendo catorce años, miro hacia afuera de mi
colegio y no veo que haya nada bueno para mí. No me imagino lo que podrá ser mi
vida a los veinte años, o a los treinta, y mucho menos que llegue a ser un
viejo. No vale la pena. Creo que ya viví todo lo que querría vivir, y que por
todo lo que está pasando no lo voy a poder volver a vivir.
Sé que ustedes se van a echar la culpa, y todos
los demás le van a echar la culpa a mi Miguel, y quiero dejar muy claro que no
es así. Él no tuvo la culpa. La culpa fue toda mía, por haberlo metido en este
problema, en este escándalo que lo está perjudicando tanto. Desde hace tres
años, cuando empecé a asistir a su oficina a las charlas de sicología, sentí
que estaba donde debía estar. Sus consejos sabios, sus caricias y todo el
cariño que me daba, me hacían sentir que en todo el mundo no podría haber nada
mejor. Cuando me enseñó a acariciarlo, a amarlo, a darle placer, sentí que mi
vida tenía como objetivo amar a ese hombre y hacerlo sentir todo ese amor. Ese
médico infeliz, ese desgraciado al que me obligaron a ir a que me examinara es
un mentiroso, es un ignorante que no sabe diferenciar las heridas de violencia
de las señales del amor. Aún cuando mi amor me maltrataba y me hacía llorar de
dolor con sus caricias deliciosas, en cada una de mis lágrimas le entregaba mi
ser y me sentía como un ángel disfrutando del favor de Dios. Cuando me compartía
con otros no sentía ningún dolor con las maravillas que me regalaban, cada gota
de sangre que salió de mi cuerpo fue un tributo que le hice con gusto, con orgullo,
como el más sublime sacrificio con el que se puede demostrar el amor.
Lo amo y no soporto que por mi culpa vaya a tener
problemas, que lo vayan a sacar del sacerdocio que quiere tanto, que es la
razón de su vida, o que lo vayan a castigar, y menos, lo que más me duele y es
lo que está acabando con mi vida, es que por mi culpa lo van a trasladar. Lo
van a mandar a otro colegio en otra ciudad. Va a conocer a otros alumnos y con
seguridad se va a enamorar de otro. No soy capaz de vivir sabiendo que otro
pueda estar sintiendo lo que yo sentí y lo esté besando, acariciando, y
haciendo con él todas las cosas que hicimos juntos. Eso no me dejaría vivir. Me
voy a quedar sin él, solo, desesperado, y señalado por todo el mundo, rechazado,
y tachado como un homosexual despreciable. Yo no soy homosexual, a mí no me
gustan los hombres, a mí no me gusta sino él, y no lo veo como a un hombre,
sino como a un espíritu puro que merece tener todas las cosas buenas que la
vida le pueda dar. No me molesta el odio que alguien me pueda tener por lo que
hice, no me importaría que el mundo entero me odiara, pero lo que no voy a poder
soportar es saber que ustedes y otras personas que me han querido sientan
lástima por mí. Eso no soy capaz de soportarlo. Que me lleven a donde otros
sicólogos o siquiatras no lo voy a aguantar, porque ninguno me podrá guiar como
él ni hacerme sentir tan bien como él. Todo lo que pasó fue porque lo acepté,
fue porque quise, él no me obligó a nada. Cuando me empezó a mostrar el camino
del amor lo seguí porque quise, me entregué a él con pasión y orgullo, y él lo único
que hizo fue responder a mi amor. Porque la moral que él me enseñó me obliga, y
porque me salió del alma, ya le mandé otra carta en la que lo libero de toda
culpa y le reafirmo mi amor, y confieso que fui yo el que lo conquistó a él,
para que se la muestre a los que lo están molestando y juzgando, y sepan que la
culpa fue toda mía. Me voy de este mundo, con la tristeza y la desesperación de
saber que fui el causante de todas las cosas penosas que le están pasando a mi
adorado Miguel, al dueño de mi cuerpo y mi alma. Él no se merece esas cosas.
No sé qué más decir. Tal vez sólo que cuando vean
mi cuerpo estrellado en esa acera no sufran por su aspecto porque, por mal que
me vea en ese momento, quiero que sepan que me fui feliz. Feliz de este
sacrificio por amor, con el que les voy a quitar problemas de encima a mi amado
y a ustedes. Yo sé que Dios ya me perdonó, porque mi Miguel me enseñó a pedirle
perdón, y Él nos lo dio con su infinita bondad, porque sabe que lo que sentimos
los dos fue un amor puro que no le hacía daño a nadie, y que le entregamos a Él
para que nos lo purificara aún más. Dios fue testigo de nuestro amor, y lo
aceptó porque era el del mejor de sus hijos y representantes, por el de su más
fiel devoto. Mis lágrimas del dolor físico y mi sangre que le regalaba a mi Miguel,
también eran para Dios, para que con esos sagrados sufrimientos se glorificara
en nuestro amor. Sé que voy a estar al lado del Señor, quien me va a cuidar en
su paz hasta que llegue allá mi Miguel y pueda volver a estar con él. Cuando
ustedes lleguen me van a ver feliz, y vamos a poder estar juntos allá, en el
cielo, donde de verdad saben lo que es el amor y lo entienden, no como aquí
donde las envidias y la ignorancia hacen que la gente odie el amor que puede
estar haciendo dichosos a otros.
No tengo más que decir. Mi mamá linda, la mejor
mamá del mundo que me dio tanto amor. Mi papá bello, el mejor papá del mundo
que me dio tanto orgullo. Los adoro, los quiero, ustedes y mi Miguel son lo más
grande de la tierra. Les dejo un abrazo y un beso que les dure para todo el
resto de sus vidas, y los espero para que nos volvamos a reunir en la paz del
Señor. Los amo, cuídense.
Su feliz hijo, su Ricky”.
Etiquetas:
abuso infantil,
bullying,
cura,
homosexual,
iglesia cómplice,
pederasta,
pedofilia,
sacerdote,
suicidio
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





