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viernes, 10 de febrero de 2017

Palacio Secreto 2017

Palacio Secreto 2017 ­

Este escrito del actor, escritor y pintor Gustavo Corredor Ortiz, es un resumen de su estructura como ser humano, y la manera como ésta le ha llevado a asumir la progresiva discapacidad visual causada por el glaucoma y la degeneración macular. Además de interesante y agradable pieza de lectura, el escrito pretende ser, de alguna manera, una compañía solidaria para personas que se estén enfrentando a la pérdida de la visión, o cualquier otro cambio negativo e inevitable en su vida.

Índice:
1 introducción
2 Las imágenes
3 Infancia
4 Punto de giro
5 Ubicación
6 Desarraigo y estructura
7 Crecimiento de vida, decrecimiento de vista
8 Degeneración Macular
9 Irreversible, incurable y progresivo
10 Aprendiendo
11 Asumiendo


1 introducción

Lo único que los oftalmólogos me han podido asegurar, es que tengo dos afecciones, el glaucoma y la degeneración macular, que ambas hasta ahora son incurables, de efectos progresivos e irreversibles, que llegan hasta la discapacidad visual grave y la ceguera. En realidad no sé el punto en que yo me encuentro, si me lo preguntan diría que debo estar entre un diez o quince por ciento con respecto a la visión normal completa, lo que me sitúa en discapacidad grave, y el deterioro continúa. El caso es que esta situación se me presentó pasados los sesenta y cinco años, después de toda una vida  con visión normal.
Eso suena algo dramático, pero el hecho es que le agradezco a la vida que a raíz de esta limitación en la percepción de mi entorno y el resto del mundo, ahora me esté dando espacio y motivo para ponerle más atención a mi mundo interior; me está permitiendo mirar hacia adentro con más claridad que la que creía tener sobre mí mismo. Ese es un privilegio que a mis setenta años no sabía que se podía tener.


2 Las imágenes

Cuando yo tenía cuatro o cinco años, mi abuelito, de setenta y tantos, poeta, erudito del idioma, amante de la cultura y las artes, tomaba uno de los cómics que me gustaba mirar, de Mickey Mouse, o el Pato Donald, me ponía como tarea dibujar el contenido de alguno de los cuadros de la historieta, y me insistía en que debía dibujarlo con todos los detalles, incluyendo los globos blancos con las palabras que decían los personajes, que antes de eso no eran para mí letras sino unas figuras extrañas, y después de terminado el dibujo me contaba que las figuras eran letras, y me explicaba el sonido de cada una y su lugar en las palabras. En esa forma mi abuelo no sólo me enseñó a leer y escribir a una edad muy temprana para la época, sino que, mostrándome también muchas ilustraciones en libros y fotografías en revistas, de las que me hablaba y contaba historias, me enseñó a recorrer y apreciar el mundo sin tener que viajar, y me marcó la vida con el amor por el dibujo y las imágenes, porque también me enseñó que éstas  eran más expresivas y valiosas que las palabras, sobre todo porque su significado se puede entender o interpretar sin necesidad de idiomas; “la imagen en sí es un idioma universal, comprensible incluso para los animales”, me decía. Desde esa época, en la que no había llegado la televisión ni la internet y los abuelos tenían menos rivales en la competencia por captar la atención de los nietos, el mío me hizo entender que la imagen es un poder muy grande que, como todos los poderes, puede ser bien o mal utilizado. Grandes poderes económicos se han consolidado a partir de la imagen publicitaria, honesta unas veces y deshonesta otras. Grandes poderes de dominación social también, como el político o el religioso. Yo tuve la fortuna de haber sido introducido al universo de las imágenes por esa persona que no estaba para nada interesada en ningún poder, sino en el disfrute de la contemplación, y la gratificación por comprobar cómo con el dibujo se iba adquiriendo la habilidad para traducir a imágenes las arbitrariedades, maravillas y locuras de la imaginación, es decir, me enseñó a amar la imagen por su valor artístico y comunicador de emociones, antes que su valor material o posibilidades de explotación económica. Creo que fue por eso que, equivocado para la mayoría pero acertado para mí, me convencí de que, el tan anhelado y sobrevalorado “éxito”, no está representado por el aplauso y los billetes, sino por la satisfacción íntima por la realización bien lograda, aunque ésta no sea reconocida por nadie más. Algo de razón hemos debido tener mi abuelo y yo en eso, porque ahora veo con ojos de esperanza el hecho de que, los educadores de las sociedades mejor estructuradas, han llegado a la conclusión de que no deben seguir educando a los niños para que sean competitivos y exitosos, sino para que sean felices.
Así que en esa forma se fue conformando el cuadro de las pasiones de mi vida. Entre el goce de las mil imágenes ajenas que se volvían propias y el juego de la imaginación que creaba otras mil, se fueron llenando cofres imaginarios con mis tesoros mentales. Fue entonces que en las tiras cómicas de un héroe que me gustó muchísimo, “El Fantasma”, de Lee Falk, conocí la cueva en donde él guardaba todos los tesoros que le quitaba a los piratas, y decidí que también necesitaba una cueva como esa para guardar mis tesoros. Esta “Cueva del Fantasma” se convirtió en mi mundo íntimo, en el hogar de mi conciencia, cada vez que quería por cualquier motivo escapar de la realidad, ya fuera por evadir alguna responsabilidad o cualquier situación incómoda, me encerraba sólo en cualquier parte o me hacía el dormido para poder concentrar mi imaginación en mi cueva y mis tesoros. La cueva, que llegó a tener las dimensiones monumentales de la Catedral de Sal de Zipaquirá, funcionó sola hasta mis ocho años, cuando, luego de ver la película “El Mago de Oz”, la situé en los terrenos de  un país fantástico, habitado por los miles de personajes vivos o muertos, reales o ficticios que llamaban mi atención y se quedaban en mi memoria, y en el que yo reinaba desde un gigantesco palacio de Esmeralda tallada. Hoy todavía, ahora acompañado por los cientos de personajes que he creado para mis libros, reino en ese país, del cual hasta este momento nunca en mi vida había hablado a nadie, y al que llamo, simplemente, mi Palacio Secreto.  Por ahí entre los nueve y los diez  años mi Palacio se enriqueció enormemente cuando descubrí la música.


3 Infancia

Me convertí en un niño un tanto diferente a los otros de mi círculo social o compañeros de estudios. En ocasiones disfrutaba los juegos y travesuras normales con los demás, pero disfrutaba más el quedarme solo con mi imaginación. Empecé a despertar algunas inquietudes entre mi familia y allegados, porque me veían como un niño medio raro que andaba como englobado, contemplativo, algo aislado y de gustos extraños. No los culpo porque, más en esa época en que la infancia era físicamente más dinámica y móvil que la actual, resultaba bastante curioso ver a un niño que, en lugar de estar divirtiéndose y jugando como los demás, se podía quedar sentado, estático y extático, ante una ventana contemplando un atardecer durante más de una hora. Por supuesto no se podían imaginar que en ese rato yo libraba batallas contra gigantes de nubes, o mataba dragones y rescataba princesas que me agradecían desnudándose y yo me consumía entre sus formas, o sencillamente seguía las tonalidades y cambios alucinantes de los amarillos, los violetas, los grises, los azules y los naranjas que me enseñaban sobre la teoría del color.
La visión que mi gente cercana adquiría sobre mi personalidad se deformó un poco más, por mi pobre rendimiento escolar. Los curas jesuitas profesores del colegio se quejaban de mi indisciplina y falta de atención en las clases, y mis calificaciones eran pésimas, pero es que a veces en clase cuando me preguntaban algo, aunque supiera la respuesta decía que no sabía para que no me preguntaran más, y fuera del colegio yo no estudiaba nada ni hacía las tareas; pero cómo esperaban que lo hiciera, si cuando llegaba del colegio, a una hora en la que en la casa no estaban sino las empleadas del servicio, quienes entre otras cosas eran mis mejores amigas y cómplices, importantísimas en la formación de mi carácter, mi sexualidad y mi sentido social, que no me exigían nada, podía dedicarme a lo que me gustaba, y lo que me gustaba, además de compartir con ellas, era encerrarme en el salón de juegos y música, a veces a poner el disco de Bill Haley o el de Elvis Presley y bailar solo como maniaco hasta quedar agotado,  otras veces a leer cuentos y dibujar lo que leía, otras a poner una pieza de Tchaikowsky y concentrarme en imaginar que me encontraba en el enorme teatro del Palacio Secreto, colmado de un público embelesado por mi virtuosismo como director de orquesta, personaje que de verdad  interpretaba con tanto entusiasmo y fuerza que quedaba más agotado que con el Rock de Elvis. La música de Tchaikowsky ha sido algo muy importante en mi vida, él fue mi primer gran maestro, no tanto de música sino de pintura, porque cuando me quedaba acostado en el sofá con los ojos cerrados dejándome llevar de sus notas, veía los cuadros y escenas que estaba seguro habían sido las que inspiraron al maestro para lograrlas. Fue así como empecé a desarrollar el ejercicio con el que más aprendí a amar e interpretar las imágenes. Lo primero que me dio por dibujar de Tchaikowsky, en medio pliego de cartulina, acostado en el piso de baldosín de caucho liso, revolcándome y vibrando con la música, fue nada menos que la Overtura 1812. Fue algo muy intenso vivir y plasmar toda la violencia y el drama de esa sangrienta batalla en que los rusos rechazaron la invasión francesa, inspirado por la majestuosidad y sentimiento de los maravillosos sonidos concebidos por mi amado maestro. Lástima no haber guardado esas cartulinas con “El Lago de los Cisnes”, que no era con bailarinas de ballet sino con cisnes de verdad, o el collage de escenas de campo y ciudad de “Capriccio Italiano”, y muchas otras. Claro que eran dibujos en líneas elementales, pero de mucha riqueza en los detalles y la acción de los personajes. Ahora esas obras no existen sino colgadas en los salones del Palacio Secreto, al lado de las de Rembrandt y mis otros maestros.
Mi infancia se fue terminando entre la felicidad por mis tesoros, y la frustración por la incomprensión de mis padres hacia mis inclinaciones artísticas. Una tarde mi mamá llegó a la casa más temprano de lo previsto, oyó la música a todo volumen, fue al salón de juegos, abrío la puerta y se quedó mirándome no sé por cuánto tiempo. Yo, absolutamente transportado por la belleza de Capriccio Italiano, me encontraba en cuerpo y alma en el gran teatro dirigiendo la orquesta, y no me dí cuenta de su presencia sino hasta cuando, terminada la pieza, con toda la solemnidad y altivez propia de quien sabe que es el más grande,  me di vuelta para quedar de cara al público y brindarle mi venia, pero me llevé la sorpresa de no encontrarme ante los cientos de ojos de las mujeres enamoradas y los hombres envidiosos, sino con la expresión que nunca se me olvidará en el rostro de mi mamá, porque era una mezcla indefinida entre la admiración y el miedo que no le había visto ni le volví a ver jamás. Lo único que me dijo fue: “Se sabe muy bien esa música, ¿no? Con razón que no hace tareas ni nada si se la debe pasar en ésas”. Pero algo muy serio debió ver mi mamá en mí en ese momento y estoy seguro de que lo comentó con mi papá y hasta con mis hermanos, porque a partir de ahí cada vez que podían dirigían la conversación a comentarios despectivos sobre los artistas que, según ellos, eran “unos vaciados condenados al fracaso y a morirse de hambre, y unos parásitos que nunca lograban nada valioso en la vida”, y me ponían como ejemplo a dos tíos, hermanos de mi papá, que andaban algo mal trajeados y sin un peso, caracteres por completo opuestos a todas las personas “competitivas y exitosas”, del círculo social de mis padres, pero a quienes yo admiraba y quería mucho porque me parecían personas muy auténticas; eran bohemios, trabajadores esforzados y sencillos en áreas culturales, y talentosos dibujantes que aprobaban mis gustos y me estimulaban a continuar cultivando mis aficiones. No culpo a mis padres tampoco por eso, sencillamente en su esencia no figuraba la sensibilidad artística, habían sido estructurados para otros intereses y honestamente creían que, por mi bien, debían guiarme también hacia ellos. Además de mis tíos, quienes por razones obvias poco aparecían por nuestra casa, sólo los vi allí un par de veces cuando fueron a visitar al abuelo que ya estaba muy enfermo, y una tía, también hermana de mi papá, que daba la vida por mí pero que por diferencias con mi mamá tampoco frecuentaba la casa, el único que por esos días me comprendía era precisamente el abuelo, pero él ya, cercano a su muerte, estaba muy débil para ayudarme a defender mi universo.


4 Punto de giro

Mis once años fueron la edad más feliz, y al tiempo la más dura de mi infancia. La más feliz, ya que entonces fue mi papá quien me puso en  el mundo de otra actividad artística pues, decidido a incursionar en el negocio del cine, produjo la película “Dos Ángeles y Medio”, en la que me asignó uno de los papeles protagónicos. Me imagino que lo hizo de manera desprevenida como una forma de darme un gusto al tiempo de cubrir el casting, sin imaginarse que la actuación sería una pasión más en mi cueva de los tesoros; nada menos que aprender con la práctica, sobre la forma de dar movimiento a las imágenes. El mes que duró el rodaje de la película fue sólo de goce, aprendizaje y satisfacciones desconocidas, como el experimentar lo que era ser uno de los muchachos más populares del colegio y del barrio, o compartir con la vivacidad y autenticidad de los niños de la calle que como actores naturales también participaban en la película, la mayoría menores que yo pero personas que sobrevivían por sus propios medios desde los siete u ocho años, y muchas otras cosas bellas; fueron días muy felices. Y también fue esa la edad más complicada y dura, sobre todo por dos sucesos que se constituyeron en el detonante que precipitó un punto de giro que cambiaría de forma abrupta  mi futuro. El primero sucedió un día en una clase de aritmética en el colegio en la que yo, en lugar de desarrollar en mi cuaderno los problemas  que describía el profesor en el tablero, dibujaba una mujer desnuda en posición y actitud sexual muy explícita. Tan absorto me encontraba en el trabajo que no caí en la cuenta de que el prefecto de disciplina me veía desde el pasillo exterior por la ventana que quedaba sobre mi pupitre. Sólo me enteré cuando el cura me llegó por detrás, me levantó de la oreja y me arrastró hasta la rectoría, a donde, después de dos muy amargas horas, llegaron mis padres para ser informados de que no me querían más en el Liceo de Cervantes, no tanto por el hecho de haber pintado a una mujer desnuda, cosa más o menos normal entre los niños, sino por la riqueza en los detalles del dibujo que hacían evidente el hecho de que el dibujante conocía a la perfección la geografía genital femenina, y ese conocimiento en un niño de once años no podía provenir de otra cosa que de una “degradación moral” peligrosa para los demás niños.
El segundo suceso, desafortunadamente conectado con el primero pero bastante más vergonzoso y doloroso, consistió simplemente en que mis padres supieron de dónde provenían mis conocimientos vaginales, porque descubrieron que yo, desde hacía un par de meses, mantenía relaciones sexuales con una de las empleadas de la casa. Años después yo entendería que la mujer, de unos veinticinco años, cometía un acto reprochable que podría ser perjudicial para el niño de once años y debía ser separada de él, pero en ese momento el hecho fue un golpe muy duro para mí, porque una mañana al enterarme por su compañera de que mi Cecilia había salido a media noche de la casa, expulsada, humillada y deshecha en llanto, me sentí desolado, despojado miserablemente del amor de la persona más bella y verdadera que había conocido, y quien hasta entonces me había regalado los momentos más valiosos y dichosos de mi existencia.
Cuando digo que los anteriores episodios marcaron un giro en mi destino, es porque literalmente fue así. Ya a causa de ellos el trato de mi familia fue diferente para mí que para mis hermanos, no por el hecho de haber tenido sexo a tan temprana edad, cosa que en el fondo era hasta motivo de orgullo machista que mis padres, en voz baja y con sonrisa maliciosa contaban en las reuniones a sus amigos, sino por el gran defecto, o enfermedad, que significaba mi facilidad para “enredarme” con personas de tan baja extracción social; eso si era una vergüenza imperdonable que requería correctivos drásticos. Mis hermanos tampoco eran ningunas joyitas, pero como sus pilatunas eran cometidas con gente de clase social afín a la de ellos, eran vistas como “aventuras graciosas”. Por eso, ese mismo año, cuando el mayor escogió ir a estudiar a Nueva York se le dio gusto, al igual que al segundo, que escogió ir a la Escuela Naval en Cartagena. A mí no me preguntaron qué quería, sino que me enviaron a la ciudad de Tunja, a un internado de los curas jesuitas, famoso por ser el sitio más especializado en reformar a las ovejas negras expulsadas de los colegios de todo el país. Esto por supuesto no fue un acto de maldad de mis padres ni nada parecido, sino que era el procedimiento normal a seguir en la época con los jóvenes de difícil manejo; por fortuna ese tipo de soluciones ya no funciona y ni siquiera existen esa clase de instituciones, porque el resultado de tal tratamiento no era otro que el completamente opuesto al deseado. Para mí fue un choque bastante fuerte eso de salir una mañana de mi salón de juegos, de mi confortable alcoba, mi cómodo baño privado, las delicias de mi cocina, sin haber vivido nunca nada distinto, y enfrentarme en la noche a un dormitorio compartido con otros cincuenta muchachos tan desadaptados como yo, la mayoría de ellos llorando su desgracia y temblando de miedo, y los otros unos bravucones dispuestos a marcar el territorio que se prometían dominar. No entro en detalles sobre lo que fue mi paso por el internado en el que viví mi edad de los doce años, sólo digo que, si no fuera porque contaba con el refugio mental que me proporcionaba mi Palacio Secreto, nunca habría logrado soportarlo. El resultado de esto fue que allí, gracias a que a los doce años mi apariencia era de catorce o quince, haciéndome del lado de los más fuertes, o sea los más atrevidos, independientes y peores estudiantes, aprendí a escapar en las noches a los cafetines y los burdeles, me aficioné al cigarrillo y al licor, y conocí una gran variedad de mañas y vicios. Allí me enteré de la muerte de mi abuelo, cosa que no me dolió mucho porque sabía que hacía ya un tiempo él no podía disfrutar de nada. Lo positivo fue que ahí pude superar el grado quinto de primaria que estaba repitiendo, y como premio, ya cumplidos mis trece años, con el compromiso de ingresar el siguiente año a otro internado en Bogotá, me trajeron a pasar las vacaciones de fin de año en la casa, con la condición de que durante ellas trabajaría como auxiliar de máquinas en la empresa de artes gráficas de mi papá, con el mismo horario y las obligaciones de los demás obreros de salario mínimo, pero sin el salario.


5 Ubicación

Así que mi regreso a la casa no fue el momento agradable que me había imaginado. No más al entrar ya sentí como que algo entre mis lazos con la familia y el sitio se había roto. Mi hermano mayor se quedó a vivir en Estados Unidos, hoy todavía vive allá y, aunque entre ambos ha habido cierto afecto fraternal, poco nos comunicamos. El segundo salió de la Escuela Naval y se fue a estudiar a Italia; con él, hasta su muerte como cuarenta años después, nunca llegamos a ser nada cercanos. Mis padres, cosa lógica puesto que mi hermanita de cuatro años era la única que vivía con ellos, le dedicaban a ella toda su atención. Con mi hermana es con quien a través de la vida, aunque no nos frecuentamos mucho, hemos sostenido una relación familiar y afectiva más normal. Así que mis padres, ya acostumbrados a que los hijos no vivíamos con ellos y que ahora yo entre semana estaba trabajando, muchas veces se olvidaban de que yo  estaba ahí y poco me incluían en sus actividades sociales o planes de fin de semana. A causa de mi trabajo tampoco pude compartir las vacaciones con mis amigos del barrio. Me empecé a sentir como desubicado en la casa, más porque ni siquiera pude seguir tratando normal y abiertamente a mis queridas empleadas del servicio, ya que cuando intenté acercarme a ellas, con todo el pesar me confesaron que, debido a la experiencia con su ex compañera, so pena de perder el trabajo, tenían terminantemente prohibido cualquier trato personal conmigo; por supuesto, para evitarles un perjuicio, no tuve más remedio que mantenerme a prudente distancia de ellas.
La medida de ponerme a trabajar en vacaciones en apariencia cumplía el objetivo de mantenerme bajo control, alejado de contaminación por ambiente artístico o tentaciones sexuales, pero en realidad, igual que el reformatorio en Tunja, logró todo lo contrario. Por un lado, conocí allí el proceso de transformar las creaciones de la imaginación en imágenes impresas de alta calidad y reproducibles por millares; todo un tesoro que guardé con fascinación en mi palacio. Por otro lado, me encontré compartiendo mis jornadas con más de veinte mujeres, obreras, empacadoras y encuadernadoras, entre las que había algunas muy hermosas y vivaces, con quienes conocí momentos muy especiales en los rincones más discretos de la empresa, donde ellas cumplían su sueño de intimar con el “príncipe bonito”, hijo del patrón, y yo, desfogando en ellas mis pasiones y represiones, afianzaba mi aprecio y empatía con la autenticidad y sensibilidad de esta bella clase de personas. Y para completar el cuadro de resultados, me vi premiado también con la clara amistad de algunos de los obreros de planta, compañeros con los que empecé compartiendo una gaseosa a la salida del trabajo, y, con la disculpa de tener alguna fiesta con los amigos del barrio, terminé los sábados en la noche jugando billar y tomando aguardiente en los cafés, u oyendo tangos y despecho en las cantinas del centro. Para esa época mi estatura, mi apariencia física y mis actitudes, eran las de un joven cuatro o cinco años mayor, ya acostumbrado a compartir con hombres y mujeres mayores que yo, pero que me veían, sentían y trataban como a su igual.
En fin, todo lo anterior hizo que la casa y la familia no fueran lo mismo de antes, y entendí que lo más diferente de todo era yo mismo. Mis padres no veían los cambios en mí y era natural, me trataban igual que al niño que había salido castigado de la casa, con la diferencia de que ahora creían que, como efecto de la disciplina y el rigor aprendidos durante el reformatorio, había regresado siendo un niño más juicioso, lo cual para ellos quedaba también demostrado por la manera obediente y responsable con la que cumplía la pesada imposición del trabajo en vacaciones. Desde luego esa equivocación era un acto de buena fe de su parte, era la esperanza, basada en el amor que me tenían, de que yo, visto desde su escala de valores e intereses, fuera una persona mejor. Y yo lo entendí en esa forma, por eso no me volví rebelde ni me puse a llevarles la contraria o a tratar de molestarlos, mucho menos a perderles el amor o el respeto, todo lo contrario, me dediqué a no molestarlos, a evitar cualquier problema con ellos, y empecé a cultivar mi talento para ser una cosa y aparentar otra. Más adelante esa capacidad sería muy útil como herramienta de trabajo para la actuación, pero en ese momento no fue otra cosa que el aprendizaje de la aplicación de la doble moral que exige la sociedad, sobre todo en sus capas más altas. Esto lo digo porque ya entonces yo tenía muchos puntos de referencia para reconocer grados de autenticidad o de falsedad en las personas, porque al cumplir los catorce años era un joven con la ventaja de haber vivido más experiencias que la mayoría, más de las que muchos viven en toda una larga vida, y más en lo que tenía que ver con los niveles sociales y sus talantes; nací y fui criado en una privilegiada familia emergente que se movía dentro del círculo social más alto, por otro lado el primer formador de mi carácter, o sea mi abuelo, era un intelectual reconocido perteneciente a la clase media que era en la que él se sentía completamente cómodo, y la misma clase que yo asumí como mía y nunca he sentido que pertenezca a ninguna otra. También está el haber compartido reformatorio con tantos jóvenes con problemas de adaptación de tan diferentes clases y procedencias, y mis experiencias tan sentidas e influyentes con mi gente de la clase obrera, con mis campesinas bellas, por entonces tratadas aquí en la ciudad como “sirvientas”, y con mis amigos “gamines”, con los que me revolqué, jugué, peleé, lloré, discutí y reí, llegando a admirarlos como a personas más valiosas que la mayoría de mis conocidos de otras clases. Ellos, y la diferencia entre sus vidas y la mía, habían sido los primeros que me provocaron el impulso de analizar a las personas y su relación con el mundo, cosa que se convirtió en otra de las pasiones de mi vida, y me hicieron tomar conciencia de algo que a estas horas de la vida todos sabemos, pero que en ese momento de mi infancia fue toda una revelación sobre lo que debía esperar de la vida, y fue el entender que la sociedad está dividida en superiores e inferiores, no por méritos o valores como seres humanos, sino por el peso de las posesiones materiales y las apariencias.


6 Desarraigo y estructura

Cuando luego de esas aleccionadoras vacaciones ingresé al anunciado internado en Bogotá, aunque no conocía el sitio ni a los nuevos compañeros, me sentí más en casa, sentí como que regresaba a mi territorio y a mi manada. Mi familia era una cosa lejana, impersonal, uno más de los vínculos sociales, y el deterioro de los lazos con ella se me hizo del todo evidente de una forma bastante agresiva cuando murió mi papá. El impacto no fue recibir en el internado la noticia de su muerte, hacía semanas se sabía que el cáncer ya muy avanzado no dejaba otra posibilidad, lo impactante, lo agresivo, fue precisamente la ausencia de un impacto. Es un poco vergonzoso aceptarlo, pero ante la muerte de mi padre no sentí nada, no me nació una lágrima. En las exequias me sentía muy incómodo cuando caía en la cuenta de que, ante el féretro, en lugar de recordar a mi padre, o poner atención a la ceremonia, o al momento del entierro y los discursos, las salvas y los honores militares, no me fijaba en la importancia o la trascendencia del hecho, sino en las piernas o los traseros de algunas de las elegantísimas mujeres que hacían parte de la nutrida y excelsa concurrencia compuesta por la crema y nata de la sociedad capitalina. No supe qué hacer, veía a mi mamá, a mis hermanos que habían venido a acompañar los últimos días de mi padre, y otros parientes y amistades desechos en llanto, y me sentía como si estuviera en el lugar equivocado; lo único que pude hacer fue cerrar los ojos y agachar la cabeza en respetuosa expresión acorde al momento, e irme con mis fantasías a refugiarme en mi Palacio Secreto.
Volver al internado al día siguiente del entierro fue un alivio.  Al principio creí que mi ausencia de reacción ante la muerte de mi padre podría obedecer a una especie de negación postraumática o algo así, y que en el momento menos pensado se me vendría encima toda la tristeza acumulada, pero pasó el tiempo y no fue así. Fueron muchos los análisis que hice frente a esta realidad, y saqué mis conclusiones; sencillamente, repasando todo lo que pude recordar sobre la relación con mi padre, no encontré ningún momento de integración personal entre los dos. Los momentos más positivos fueron los de fiestas, paseos o recibo de regalos, siempre como eventos compartidos con otras personas, y los negativos fueron los del regaño, el correazo, o el castigo suprimiendo libertades y privilegios, pero nunca hubo una discusión de doble vía, nunca una conversación de los dos solos sobre cualquier tema, nunca compartimos una canción, o una película, o comentamos algún escrito, o nos contamos un chiste o una anécdota. Nunca llegamos a mirarnos a los ojos compartiendo algún sentimiento o emoción. Total, esa vivencia ante la muerte de un ser  tan importante en la vida, terminó, como el internado, o el trabajo en vacaciones, o tantas otras experiencias en apariencia tan negativas o destructivas, dejando precisamente el resultado opuesto al esperado. En este caso no se ocasionó ningún trauma o resentimiento, sino que esa frialdad y ese vacío afectivo hicieron que, a tan temprana edad, yo me prometiera que, si alguna vez llegaba a tener un hijo, este jamás debería vivir o sentir algo parecido, y esa promesa, unida a los inmensos instintos maternales de la mujer con la que tuve la suerte de crear nuestro hogar, han logrado que conformemos una familia absolutamente consciente de que su mayor fortuna es el amor y la solidaridad que la une.
Del resto de mi adolescencia no hay mucho que contar, sólo que ese mismo año empezaron a desaparecer los internados y yo seguí en el mismo colegio de Bogotá, pero viviendo en casa con mi mamá y mi hermanita. Fueron un par de años de mucha fiesta, licor, mujeres y amigotes de diversión, y muy poco de estudio, deportes, actividades culturales o constructivas; creo que en ese tiempo ni siquiera me volví a acordar de los tesoros de mi Palacio Secreto. Me sentía tan desarraigado de la familia y su círculo social que resulté contrayendo matrimonio a los dieciséis años con mi novia de la misma edad, hija de un hombre del campo y una maestra de escuela rural, personas sencillas y auténticas de la clase que siempre he reconocido como la misma mía. Ella, Isabel, es la mujer con la que por esta época ya pasamos de los cincuenta y tres años juntos. Cualquiera diría, con toda la razón, que el habernos casado siendo apenas unos niños fue un acto de completa irresponsabilidad condenado al más rotundo fracaso, pero, este acto, al igual que las anteriores vivencias de oscuro pronóstico, resultó siendo la salvación de mi vida que, sin un polo a tierra que la mantuviera en contacto con la realidad del amor y el valor familiar, hubiera podido terminar destruida como la de tantos herederos de capitales apreciables, derrochadores que nos sentimos dueños de un mundo que existe sólo para nuestro placer, y por lo mismo presas fáciles de oportunistas y manipuladores que nos hacen sentir como reyes mientras nos explotan. Fueron muchas ocasiones en las que el temor a hacerles daño a mi esposa o a mis hijos me impidió aceptar propuestas que sonaban como excitantes aventuras, pero que para algunos de mis amigos sin ataduras familiares que sí las aceptaron, terminaron en la cárcel, el cementerio, o consumidos en el vicio. En mi caso el dinero y los oropeles terminaron por acabarse antes que mi juventud, cosa que para mí fue más un alivio que una tragedia porque, al tomar conciencia de mi total falta de talento para el manejo de los nunca ambicionados ni queridos valores materiales, pude valorar la verdadera fortuna, el amor familiar que permanece superándolo todo y fortaleciéndose como el mayor tesoro de nuestras vidas.
Por supuesto el más de medio siglo de vida después del matrimonio, y la infinidad de vivencias y experiencias que se han dado en todo ese tiempo, son parte muy importante de mi construcción como persona, pero considero que la estructura fundamental, la que ha soportado todo el peso y las circunstancias de la vida, no es otra que la que se formó durante la infancia y la adolescencia; a partir de ahí puede haber muchos cambios en comportamientos o disciplinas, pero serán variaciones que nunca se saldrán de esa estructura fundamental compuesta con nuestra esencia como seres humanos individuales, y determinada por el ADN y la manera como éste se acopló al mundo en los primeros años.
Con lo anterior me refiero a que ahora reconozco que fue esa primera época, positiva en términos generales pero afectada con tanta incomprensión hacia mis inclinaciones sociales y artísticas, la que me proporcionó la habilidad para encontrar disfrutes y aprendizajes en las imposiciones más agobiantes de la vida; tal vez la faceta más elocuente sobre ese carácter superador de circunstancias, sea el haber escogido entonces el empirismo como mi sistema de formación; el haber abandonado el colegio antes de terminar el bachillerato y no volver nunca a tratar de tomar algún estudio en el sistema formal, sino el haber desarrollado la disciplina personal para adquirir de manera autodidacta todas las habilidades o conocimientos que pueda haber llegado a tener. Esa época fue un entrenamiento que me regalaba el mundo en el arte de nadar contra la corriente, con el que empezaba a crear las defensas que me ayudarían a afrontar más adelante algo tan difícil como la pérdida de la visión, el evento que ha cambiado mi existencia de manera total, y cuyo desarrollo y la forma en que ha sido asumido son la razón de esta corta remembranza sobre mi vida.


7 Crecimiento de vida, decrecimiento de vista

Para entender el transcurso entre la adolescencia y las condiciones de vida cincuenta años después, cuando se evidenció la pérdida de la visión, basta con un somero resumen dividido en tres partes.
La primera parte, entre los dieciséis y los treinta y tres años, fue la edad de mi oscurantismo, la peor época de mi vida, en la que, tratando de ser lo que no era, malgasté una fortuna en apariencias, licor, diversiones intensas en malas compañías y pésimos negocios, puse en riesgo mi salud y el bienestar de mi familia ya completa con mi esposa, nuestras dos hijas y nuestro hijo, de quienes terminé en esos días separado físicamente, porque la parte afectiva permaneció siempre intacta, por lo cual a diario doy gracias a la vida.
La segunda parte, entre los treinta y tres y los cincuenta años, se inició con la salida del pozo del falso brillo para poner los pies en la tierra. Ya sin fortuna material me vi obligado a reconocer mis únicos recursos ciertos, que no eran otros que el amor y la solidaridad familiar por un lado, y por el otro mis limitados pero verdaderos talentos y capacidades. Con el apoyo de mi esposa que se entregó en cuerpo y alma al trabajo como empleada y al cuidado de nuestros hijos, pude volver a mi Palacio Secreto, olvidado por casi veinte años, para desempolvar mis tesoros y tratar de aprovecharlos. Fue así como me reencontré con las imágenes que exploté por medio del dibujo, la ilustración, la pintura y la fotografía, y tuve también la fortuna de poder hacerme conocer como actor, llegando a ocupar un puesto que me permitió participar en una buena cantidad de producciones que han significado grandes satisfacciones. Así que este ciclo se cierra de manera muy satisfactoria, viendo cómo nuestros hijos pudieron recibir una formación que les permitió enfrentarse al mundo como seres positivos para la humanidad, lo que se constituye en el mayor éxito personal y motivo de orgullo para mi esposa y para mí, porque sembrándolos a ellos en este planeta podemos asegurar que la parte que nos corresponde la dejamos mejor que como la recibimos. Y, además, esta etapa también se completa con la inmensa satisfacción íntima de haber logrado mi mayor realización profesional y artística, que es la publicación de mi primer libro, la novela Proyecto Eva, importante para mí no tanto por su valor editorial o literario, sino porque su escritura significó un doloroso y estremecedor exorcismo en el que me liberé de los demonios que hasta ahí me habían manipulado, y me encontré con el verdadero Gustavo sin adornos ni taras.
 Y la tercera parte, entre los cincuenta y los actuales setenta años, sencillamente ha sido la mejor. Se inició con el reconocimiento por mi parte de que mi esposa fue, es, y será siempre, el ser humano más importante y valioso de mi vida, la persona a quien le debo más y la que merece todo lo bueno que yo pueda tener para entregar, por lo que le pedí que me permitiera volver a vivir con ella, y ya llevamos de nuevo juntos como dieciocho años que han transcurrido en una sana paz, soportada en la conciencia, cada vez más sólida, de que todo lo vivido ha valido la pena porque ha sido el camino hasta llegar a éste, el sitio correcto, en el momento apropiado. Ya con nuestras hijas y nuestro hijo defendiéndose solos y ayudando a defendernos a nosotros, nos trasladamos a vivir a Guaduas, donde, con las ocasionales visitas de nuestros hijos, nuestra nieta y nuestros tres nietos que iluminan nuestra existencia, mi esposa se dedicó al manejo de la casa, dándome todo el tiempo y el espacio para, alternando con eventuales viajes a Bogotá a realizar trabajos de actuación, poder preparar una exposición de pintura, escribir otros tres libros, fracasar en un intento de restaurante, y montar un estudio fotográfico. Y fue precisamente en ese estudio, trabajando en la manipulación digital de mis amadas imágenes, cuando entendí que mis problemas en la vista eran de verdad muy serios.
Ya diez años antes me habían diagnosticado Glaucoma de Ángulo Abierto en ambos ojos. Desde entonces sagradamente seguí las indicaciones del oftalmólogo con los medicamentos, y había notado un casi imperceptible pero permanente deterioro que creí tener controlado porque era tan lento que, según los cálculos respecto a mi expectativa de vida, en los años que me pudieran faltar no alcanzaría a afectarme de manera muy grave.
Esa primera parte del proceso, aunque preocupante e incómoda, fue no sólo fácil de sobrellevar sino un tanto curiosa y a veces hasta divertida, porque el daño ocasionado por el glaucoma, que afecta el nervio óptico de manera hasta ahora imposible de reparar, consiste en que la visión se va distorsionando en ondas, algo así como las del perfil de las tejas Eternit pero irregulares, por lo que uno empieza a ver como a través de un vidrio de pésima calidad que va cambiando la forma a las cosas. Ese efecto no es sólo diferente en cada persona afectada, sino también en cada ojo de la misma persona, esto quiere decir que las distorsiones no obedecen a ningún patrón, como puede ser por ejemplo la distorsión por astigmatismo, y por lo tanto no puede ser, como la de éste, corregida con ninguna clase de lentes. Ahí empieza uno a entender lo definitivo e irreversible de cada cambio que va sufriendo la visión, y se van encontrando cosas nuevas que crecerán y cambiarán durante el resto de la existencia. Entre las cosas del proceso que considero curiosas está, por ejemplo, el momento en que uno comprende que nunca en su vida volverá a ver una línea recta; nada recto, ni un edificio, o un mueble, o ninguna cosa compuesta por figuras geométricas con lados rectos o regulares; me explico: por ejemplo la pantalla del televisor, se ve con sus cuatro lados de diferente longitud, cada uno en curvas distintas y caprichosas, y las esquinas en ángulos de diferente apertura, es decir, como si fuera un televisor de plastilina que se echó a rodar por unas escaleras. ¿Quedó claro? Pero resulta que no es sólo ver un televisor de plastilina deformado, sino que, como cada ojo interpreta la forma de manera distinta, lo que uno ve son dos televisores de plastilina con diferentes formas y tamaños, que se transparentan y se mezclan entre ellos a su antojo, lo que nos obliga, para poder apreciar lo mejor posible lo que estamos viendo, como cuando leemos o trabajamos en el computador, a cerrar o cubrir con un parche alguno de los dos ojos.
La parte que se puede llamar divertida ocurre al principio del proceso de distorsión, cuando se empiezan a presentar las deformaciones pero las figuras todavía son fáciles de identificar o definir. Consiste la diversión en que, dependiendo del ángulo desde el que uno mire a su sujeto, o del punto que uno quiera deformar de manera voluntaria, el cuadro de visión se puede ver como uno de esos espejos de feria donde la gente se ve más gorda, o flaca, o con otros efectos, así que uno puede, por ejemplo observando el cuerpo de una mujer con ropa ajustada, verla de manera que le agranda o le achica el busto, le alarga o acorta las piernas, le achica o le agranda el trasero, o se lo hace más parado o escurrido; algunas pagarían una fortuna por verse como uno las puede ver, y otras nos quitarían el saludo o nos abofetearían si supieran lo que hacemos con sus cuerpos. Otra situación en la que cuesta trabajo contener la risa, es cuando una persona nos habla de un tema muy importante y serio para ella y, mientras tanto, uno está juntándole o separándole los ojos, o alargándole la nariz, o torciéndole la boca. En fin, esa corta etapa, algo graciosa, se puede tomar como una especie de colchón que nos ayuda a atenuar el aterrizaje a la realidad de que vivimos un proceso de deterioro irreversible.


8 Degeneración Macular

Ahí empecé también a tejer ideas que para otros pueden parecer raras o inútiles, pero que para mí son descubrimientos del universo diferente al que he estado entrando. Una de esas ideas viene del hecho de que en las cosas de la naturaleza, como los árboles, las montañas, las flores, las nubes, los ríos, los mares o los campos, no existen las líneas rectas, por lo cual en ellas las distorsiones no afectan nada; a nadie le importa si una formación rocosa, la rama de un árbol, o el pétalo de una flor se ven con una curva algo distinta a la real. Esto quiere decir que las líneas rectas no existen sino en lo creado o construido por el ser humano, que son lo único que en la realidad puede ser deforme con respecto a lo natural, y representa nada menos que a la especie que está acabando con el planeta. ¿Será que el glaucoma es un privilegio que otorga sólo a sus poseedores la capacidad de ver claramente la incompatibilidad entre la humanidad y el mundo?
Con ideas como ésa fue que empecé a dudar entre si estaba perdiendo la vista, o adquiriendo una nueva; una más profunda con la que, en lugar de luces, colores y formas, podría captar conceptos, sentimientos y verdades antes ocultas por lo visual.
Aparte de las distorsiones, el glaucoma trae otros efectos como la fotofobia, y la disminución de lo que en fotografía se llama “latitud”, que consiste en la capacidad de definir detalles en las zonas más iluminadas o más oscuras, y cuya pérdida nos hace verlo todo en un contraste muy alto con pocos detalles y colores muy tenues o ausentes. El conjunto de estos efectos nos va cambiando la vida, porque nos obliga a variar costumbres, disciplinas y aficiones. En mi caso, por supuesto, el principal cambio ha sido el tener que abandonar la contemplación y manipulación de imágenes, esto ya no lo puedo hacer sino mentalmente con las atesoradas en mi Palacio Secreto, que por fortuna son tantas que no me alcanzará la vida siquiera para repasarlas. Otra cosa, que al principio consideré pérdida pero después entendí como liberación de una riesgosa dependencia, fue la de una de mis más queridas aficiones de toda la vida: la conducción de vehículos automotores, que tuve el placer de practicar y disfrutar en todas sus variedades, desde los carros de carreras hasta los grandes camiones de carga pesada. Estos y muchos otros cambios que se van presentando no son muy difíciles de asimilar, al fin y al cabo son más o menos los mismos que, en diferentes grados, experimentan las personas de avanzada edad con problemas en la visión; lo difícil viene más adelante para quienes debemos afrontar, encima de las anteriores, otras anomalías menos comunes.
Un día, sentado en el comedor ante mi desayuno con la cacerola del par de huevos fritos, busqué el salero, vi que estaba lejos al otro lado de la mesa y, cuando lo miré directamente, me llevé una sorpresa al notar que, como por arte de magia, desaparecía por completo de mi vista. Moví la mirada a unos milímetros del salero y este volvió a aparecer. Me refregué los ojos con las manos, repetí la operación varias veces y en todas pasó lo mismo. Era muy raro porque no veía una mancha o algo en mi visión que cubriera el salero, sino que simplemente desaparecía y yo veía el mantel, tal cual, como si el salero no existiera pero la visión estuviera completa. Hice el experimento con la chapa de una puerta y sucedió lo mismo, la chapa desapareció y la puerta se veía completa y limpia, como si nada, como si no tuviera chapa. Comprobé con la chapa que las partes que podía desaparecer eran las situadas muy cerca del punto central de la visión hacia abajo, en pequeña zona interna del ángulo entre las 6 y las 9 PM de un imaginario reloj. Quise hacerlo con algo más grande y lo intenté con un cuadro en la pared, pero sólo pude desaparecer una esquina del marco, quedando esa parte en un degradado irregular, como si la esquina hubiera sido eliminada de manera descuidada con un borrador. Al empezar a jugar con la imagen en el cuadro haciendo desaparecer partes de la pintura, caí en la cuenta de que sí había un punto ciego en mi visión, pero que no se veía como una mancha o una sombra, sino como una especie del conocido en Photoshop como “Desenfoque Gaussiano”, que consiste en una zona que se dibuja asumiendo el promedio de las luces y colores del área que tapa; algo así como la mancha borrosa con que tapan en los noticieros de televisión los rostros u otras cosas que no quieren que se puedan identificar. Pensé que éste era otro efecto producido por el avance del glaucoma, se lo comenté al oftalmólogo en la siguiente consulta de control, y él me dijo que creía saber de qué se trataba, que era algo que no tenía que ver con el glaucoma, y que me lo explicaría en el siguiente control, trés meses después, cuando lo comprobara con los resultados de los exámenes especializados que me ordenó.
El oftalmólogo, a causa de los avances de la tecnología y el límite de tiempo por paciente que impone el sistema de salud, convertido en un lector de resultados, parecido al técnico automotriz que cambia piezas según las órdenes del computador, con un tono tan mecánico pero más aburrido que el de aquel, da la descripción elemental que considera suficiente para el cerebro inferior del paciente, con el que parece que no le vale la pena conversar sobre el tema, evaluar la situación individual, o enterarse de las particularidades de la afección para conocerla mejor; ¿para qué investigar sobre la enfermedad o entender lo que siente o ve el ex ser humano ahora llamado paciente, si ya toda la información y las conclusiones las tiene el computador?
“Lo que usted tiene, además del glaucoma, se llama Degeneración Macular Asociada con la Edad. Esta enfermedad afecta la retina, que es la parte del ojo que capta las imágenes y las manda al cerebro (algunos oftalmólogos tienen en el escritorio una réplica plástica de un ojo, cortado para mostrar el interior, en la que muestran la parte con la punta de su esferográfico),  y consiste en que las células de la parte central se van muriendo, lo que ocasiona un punto ciego que va creciendo a medida que van muriendo más células. Hasta el momento no se conoce ningún tratamiento o procedimiento quirúrgico para curar o detener la degeneración macular, que suele llegar a la discapacidad visual grave y la ceguera. En su caso desafortunadamente se suma al glaucoma, las dos anomalías son incurables y sus efectos son progresivos e irreversibles”
El momento en que recibida la noticia se entiende su definitiva trascendencia, significa un punto de quiebre en la vida. Hasta ahí la vida fue una cosa, de ese momento en adelante la vida es otra cosa.


9 Irreversible, incurable y progresivo

Lo que más me ha llamado la atención de la manera como me ha tocado asimilar este cambio en mi vida, es la completa ineptitud del sistema de salud, no en cuanto al manejo clínico como tal, en eso no me meto, los médicos son los únicos que saben si saben o no saben lo que están haciendo en ese sentido, sino en cuanto a la información o el apoyo que deberían dar al paciente que se ve enfrentado a algo así. El médico se limita a recetar los medicamentos del glaucoma, porque para la degeneración macular no existe ninguno, dar algún concejo sobre alimentos o suplementos vitamínicos que podrían ayudar en algo a retardar el proceso de deterioro, dar dos palmaditas en el hombro al paciente y, disfrazando su ignorancia en actitud endiosada con cara de condescendencia y tono de generoso respeto, decirle: “Lo siento mucho, pero hasta ahora no hay nada más que la medicina pueda hacer por usted”, mientras lo va empujando muy gentilmente hacia la puerta de salida del consultorio. Al traspasar esa puerta el paciente, aunque esté rodeado por otras personas, queda completamente solo, viendo con sus ojos, además de deteriorados afectados por las gotas dilatadoras del iris, lo poco del entorno físico que puede captar, pero completamente ciego en la mente ante las posibilidades de un futuro definitivamente negro.
Por fortuna para mí cuento con algunos factores a favor, como esa estructura adquirida desde la infancia, capaz de nadar contra la corriente y buscar el lado positivo en las condiciones más adversas, también la disciplina propia del empirismo que impulsa a investigar, estudiar y desmenuzar las situaciones para aprender a manejarlas, y, lo más importante de todo, una familia muy unida por fuertes lazos de amor y solidaridad, capaz de enfrentar juntos las dificultades y salir adelante. Pero pienso en la gran mayoría de los afectados por el mismo caso que no cuentan con estos respaldos y, por falta de apoyo afectivo o ayuda profesional, ven sus vidas convertidas en una carga insoportable.
Lo primero que hice ante la perspectiva de una posible ceguera, fue tratar de averiguar con Internet si en cualquier otra parte del mundo algún médico o institución ofrecía alguna opción diferente a las de aquí, pero fue inútil. Si existen investigaciones que intentan el desarrollo de tratamientos o procedimientos experimentales, pero yo no puedo ser considerado como candidato a voluntario para experimentos en ninguna de ellas, porque a los del glaucoma no les sirven los pacientes con degeneración macular, ni a los de mácula degenerativa les sirven los que tenemos glaucoma, así que, mientras conservamos la esperanza de que saquen al mercado los ojos biónicos, lo único que quedaba y a lo que me dediqué, fue a aprender a manejar la situación y prepararme lo mejor posible para lo que viniera.
  Así que mientras aprovechaba lo gradual del proceso de deterioro para entrenarme aprendiendo a manejar las cosas más elementales y cotidianas sin tener que mirarlas, como las llaves y chapas, o los enchufes, o el microondas, o a manipular el teclado del computador o el celular, y me entretenía porque ahora no sólo podía torcerle la nariz a la gente sino también, desaparecerle un ojo, se presentó un evento que destruyó todos mis cálculos sobre el avance de la degeneración macular, y fue que, en mis sesenta y siete años, sufrí de un infarto y un edema pulmonar que me obligaron a una hospitalización de quince días, doce de ellos en la unidad de cuidados intensivos, durante la cual mi capacidad visual se redujo de forma dramática. Los oftalmólogos no lo pudieron explicar, dijeron que probablemente algunos de los medicamentos administrados en el episodio de resucitación, o los inoculados durante el cateterismo e implante de los Stent, pudieron ser los causantes de que saliera del evento más o menos con el cincuenta por ciento menos de la visión que tenía cuando se presentó; llama la atención el hecho de que ninguno de los oftalmólogos que se enteraron del caso tomó nota de eso ni se interesó en averiguar qué había pasado, se supone que son científicos que debían investigar esta clase de cosas para tratar de aportar algo a quienes buscan soluciones, o al menos para advertir a los laboratorios farmacéuticos sobre posibles nuevos efectos colaterales de sus productos, pero no, parece que ya están acomodados a decir: “lo siento mucho pero no hay nada más que la medicina pueda hacer por usted”, al fin y al cabo, de todas maneras, aporten o no, el sistema les paga lo mismo por cada consulta y lo importante no es lo que el paciente sienta, sino tener la agenda diaria llena y despacharlos a todos sin comprometerse con nada que pueda significar más trabajo.
Los últimos cinco o seis días de hospitalización y los ocho o diez siguientes de convalecencia, han sido los más duros de los más o menos diez años que llevo viviendo la pérdida de visión. Fue algo realmente muy fuerte para mí, ver y sentir cómo de un día a otro podía notar un deterioro igual al que antes de eso se tardaba varios meses. Por fortuna esa aterradora aceleración del daño se fue deteniendo hasta retomar un ritmo irregular e impredecible, pues a veces el deterioro parecía estancarse por un par de semanas, y otras veces parecía notarse de un día a otro, de manera que era imposible tratar de calcular nada, a cambio de eso comencé a perfeccionar una nueva afición, que consiste en analizar el momento de los estancamientos o las reducciones, tratando de asociarlos con las cosas que los podrían provocar, como los alimentos o bebidas, los medicamentos, el tiempo y clase de sueño, las horas de televisión, de computador, la temperatura, la tensión arterial, en fin, cualquier factor que pueda estar afectando las condiciones de la visión; me encantaría poder encontrar algún dato que pueda ser un aporte al conocimiento y manejo de estas cosas porque, hasta ahora, lo único que puedo decir con seguridad, cosa que ya sabía pero no tenía tan clara, es que todos los cambios han sido hacia la reducción de la vista, en ningún momento de estos años he sentido ni siquiera la menor recuperación de la visión perdida, es decir, todos los cambios en el glaucoma y la degeneración macular son progresivos hacia lo negativo, y definitivamente irreversibles.
Al salir del evento cardiovascular me encontré con una ya pronunciada discapacidad visual: el antes pequeño punto ciego, con el que jugaba a desaparecer cosas, se había extendido. De esto me di cuenta de forma muy clara cuando me miré en el espejo del baño y vi mis ojos cubiertos por la zona borrosa, o sea, me vi sin ojos. Momentos tan sencillos como ese se hacen trascendentales cuando uno comprende que son definitivos, por ejemplo ése, en el que caí en la cuenta de que nunca en mi vida me podría volver a mirar directamente a los ojos.  Ahí trató de invadirme un poco el sentimiento de tristeza, pero me pasó pronto y se cambió por una sonrisa, cuando entendí que ahora tenía una gran ventaja sobre las personas que sí se pueden mirar a los ojos, y es que ya no podré volver a decirme mentiras, o adularme, o juzgarme, o reprocharme mirándome al espejo; ahora todo el trato conmigo mismo tendrá que ser interno, por lo tanto más leal, más transparente, y, desde luego, despojado de la fútil vanidad.


10 Aprendiendo

Para tratar de hacer entender de forma aproximada la manera como yo estoy viendo, se puede intentar un sencillo ejercicio. Se toma un objeto rectangular, puede ser un celular o algo de ese tamaño, y se pone de frente ante los ojos, en sentido horizontal, como si se fuera a hacer una foto o un video, a unos quince centímetros si el celular es pequeño o entre dieciocho y veinte si es grande, de manera que tape la visión central de ambos ojos. Entonces, sin mover la vista del centro del celular, se trata de identificar las cosas que se ven al rededor de éste. Hay que tener en cuenta que el celular está reemplazando a mi nube borrosa, quiere decir que si se mueven los ojos para ver a cualquier lado, el celular se moverá siempre con ellos tapando lo que se quiera mirar de frente. Así que la parte que yo veo es esa que se percibe al rededor del celular, pero con sus formas todas distorsionadas, las luces y sombras en alto contraste, y los colores tenues y variados. Las zonas más oscuras tienden a verse llenas de manchitas muy suaves de color violeta, como si fueran las flores borrosas de un árbol de Buganvilia en la sombra. También en la nube borrosa, que es del color promedio de lo que está tapando pero un poco más oscura y de bordes indefinidos, suelen aparecer esas flores violeta, y diferentes juegos de luces de colores que se mueven, como las figuras brillantes que vemos al cerrar con fuerza los ojos después de estar viendo algo muy iluminado. Ya con esta idea de lo que es mi cuadro de visión, es más fácil entender que el deterioro consiste en que la nube borrosa se va agrandando, su parte central se va oscureciendo, y los efectos de distorsión y contrastes en la parte visible se van acentuando. La buena noticia es que, ya con otro par de años transcurridos después del infarto y nuevos cálculos, casi podría asegurar que el crecimiento de la nube es tan gradual en promedio, que no creo muy probable que, en lo que me falte de vida, alcance a quedar completamente ciego; hoy tengo setenta, tal vez, si llego a pasar de los ochenta y cinco o algo así, quede viendo sólo algunos pocos reflejos y sombras, pero sólo quienes estamos viviendo estos cambios podemos apreciar lo valiosos y útiles que estos pueden llegar a ser.
La vida se me ha convertido en algo muy interesante, en una permanente acumulación de experiencias, un diario planteamiento de interrogantes y respuestas, tantos conocimientos nuevos, tanta ignorancia nueva, tantos tesoros nuevos, que voy a tener que, con la ayuda de los personajes escritos en mis libros, quienes son los únicos que tienen el tiempo, la disposición, y conocen mi mente como para poder sintonizarse en la misma onda, confeccionar un mapa para no perderme entre todas las secciones y territorios nuevos que he tenido que agregar y tendré que seguir agregando a mi Palacio Secreto
El manejo de los sentimientos y el ánimo, se me ha parecido mucho a una montaña rusa, no sólo por los súbitos y dramáticos descensos llenos de curvas y figuras vertiginosas, sino porque los ascensos son lentos y exigen todo el esfuerzo para volver a poner el carro a la altura de volver a empezar. Son muchos los descensos que se viven, como las dificultades en el manejo de las cosas más cotidianas, por ejemplo poder arreglarse la barba o saber de quién es la llamada que timbra en el celular, o en los placeres ya imposibles como la lectura, o tener que oír las películas dobladas al Español por no poder leer los subtítulos, y entenderlas más por lo que se oye que por lo que se ve, como si fueran radionovelas, y muchas otras cosas. Pero entre todas las bajadas que he tenido que enfrentar, la más  dramática ha sido la de entender que ya nunca podré ver de frente la mirada, la expresión, o las facciones de nadie; por supuesto la figura más contundente y dolorosa de este descenso fue cuando entendí que no podría volver a ver los rostros de mis seres queridos; por fortuna conozco tan bien el amor en la mirada de mi esposa, de mis hijas, de mi hijo, de mi nieta y de mis nietos, que ese dolor duró muy poco cuando entendí que nunca dejaría de verlos y disfrutarlos porque los tengo grabados en el alma. Con el resto de personas cercanas, como amistades, otros parientes o relacionados sociales como los vecinos, culturales como los miembros del club de lectura y otras agrupaciones, o comerciales como las niñas que me atienden en el supermercado o la cafetería, las cosas han sido fáciles para mí pero no tanto para ellas, porque al principio, cuando se han enterado de mi estado, no saben cómo tratarme. Las diferentes reacciones, la mayoría de ellas disimuladas con intentos de naturalidad, son tal vez de las cosas que más me han enseñado sobre este nuevo mundo que estoy  descubriendo. Ante las ocultas reacciones, muchas de solidaridad, preocupación o lástima, unas pocas de indiferencia, o una que otra de burla o desprecio, hasta las que se resienten conmigo porque pasan cerca de mí y como no sé quiénes son no las saludo, he recordado el origen de las palabras “persona” y “personalidad”, que nacieron por el antiguo teatro Griego, cuando el público decía identificar a los actores disfrazados  “per sona”, o sea, “por el sonido” de sus voces tras las máscaras. Es difícil explicar cómo, a medida que va disminuyendo la facultad de ver, se empieza a desarrollar una especie de sensibilidad paranormal que nos permite captar, no sé si en la piel o en el subconsciente o dónde, la clase de energía que mueve a las personas que se nos acercan. Me parece que desde que no veo las facciones ni las expresiones o los maquillajes con los que la gente se muestra como quiere que la vean, me formo un concepto más auténtico de quien tengo al frente y qué sentimientos o energías contiene en ese momento, porque por lo general esa habilidad de disfrazar la realidad está más desarrollada en la parte visual, así que cuando uno tiene que descifrar a la gente guiándose por el oído, el tacto o el olfato, o la sensibilidad paranormal, el juicio es más acertado. Lo que vemos son maquillajes, vestimentas, posturas y expresiones manejadas, lo que oímos y sentimos es lo que viene de adentro, de atrás de la máscara. Por supuesto que todo eso también puede ser fingido, a veces de manera excelente, como en el caso de los actores, o los políticos, o los religiosos, o vendedores o demás expertos en mentir, pero siempre esa falsedad será menos eficaz cuando carece del apoyo de la imagen, esa que vale más que mil palabras.


11 Asumiendo

Ya pensé mucho más reposadamente en mi caso, y concluí que lo que yo tengo en la vista no se puede tratar como una enfermedad, porque pienso que una enfermedad es algo que te debilita, o te duele, o te da fiebre, o te ocasiona malestares físicos o mentales, o algo que se puede curar, o que te puede matar, pero resulta que esto no te ocasiona ninguna molestia de esas ni se cura ni te mata, lo cual me llevó a pasar por otras definiciones como “invalidez”, o “discapacidad”, las cuales tampoco acepté porque creo que esto simplemente obliga a una reacomodación de los valores y las capacidades, pero no los anula y ni siquiera los disminuye, al contrario, hasta los puede estimular. Total, llegué a la conclusión de que este cambio en las condiciones de mi vida no era diferente a la llegada a vivir en un ambiente nuevo, desconocido y a veces hostil, ante el cual no hay sino dos alternativas: el adaptarse y superarlo, o el dejarse aniquilar, y esto no significa la condena a una enfermedad ni una invalidez o discapacidad ni nada parecido, esto no es otra cosa que un reto.
La decisión entre aceptar el reto o permanecer como enfermo o discapacitado, depende de las motivaciones externas y los recursos internos que se tengan o no para enfrentarlo. En mi caso no hay la menor duda en cuanto a las motivaciones externas, pues, entre otras de las que hasta podría prescindir, son claramente mis seres queridos, mi familia, que por todo el amor y apoyo que me brinda no merece ver en mí otra actitud que no sea la más positiva. Y los recursos internos, los descubrí en el inspirador pasaje de un libro que habla de un personaje de ochenta años, quien considera que lo ha vivido todo, menos dos experiencias que no ha podido conocer: el aburrimiento, y la muerte. Con la muerte no tiene problema, sabe que ésta llegará en su momento y podrá conocerla, pero con el aburrimiento sí tiene sus dudas porque, según dice textualmente en el libro: “En cuanto al aburrimiento no tenía esperanzas; era algo imposible para él. Sabía que incluso si su cuerpo se inutilizara y sus sentidos se apagaran, mientras la mente funcionara aunque fuera como un elemento desconectado del resto del cosmos, el abigarrado bagaje de sus vivencias y el impulso de su talento creativo le proporcionarían entretención”. Pues bien, el libro se llama “Opus Mundus”, y fue escrito por mí en 2006, cuando ni sospechaba que mi sentido de la vista se iba a ir apagando, así que tengo que ser coherente con mi escrito y, si mi personaje es capaz de no aburrirse aunque se desconecten todos sus sentidos, pues yo tampoco me puedo dejar aburrir, menos cuando me quedan todos los demás sentidos y mi cuerpo no se ha inutilizado. Además tengo, como él, “el abigarrado bagaje de mis vivencias y el impulso de mi talento creativo”, muy bien guardados y activos en los miles de dependencias y territorios de mi Palacio Secreto.
El reto no sólo es aceptado, sino hasta agraecido, porque pienso que tal vez la vida no me está quitando nada, sino me está dando una oportunidad que no tiene todo el mundo, al confiar en mis capacidades y talentos hasta el punto de verme apto para aprender a ver la vida de una manera diferente. Nueva. Una forma mucho más íntima, más real, más profunda, más cósmica, menos superficial, más conectada con el universo, con Lo Absoluto.

Gustavo Corredor Ortiz, 2017.

sábado, 21 de enero de 2017

Dios, si acaso existe, no creo que sea tan pequeño…

Dios, si acaso existe, no creo que sea tan pequeño…

Yo, con una simple frase que los deja sin nada que decir, definitiva y afortunadamente me “curé” de tener que soportar la argumentación de los religiosos, desde la elemental de los testigos de Jehová hasta la “avanzadísima” sabiduría papal o pastoral, o de los cristianos que han recibido al hijo del Señor en sus almas, y no ven cómo metérnoslo a los demás así sea por la nariz.
No me ha tocado y espero que nunca me toque porque me parecería muy aburrido, pero sé que la frase funcionaría incluso con eminencias como el papa Francisco, o cualquiera de los más sabios teólogos católicos o apócrifos cristianos, como Cash Luna, Dante Gebel, Andrés Corson, Darío Silva, o hasta con la Piraquive, o los “humildes” pastores de garaje, o cualquiera de los multimillonarios gracias a su labia sobre un tema del que no saben nada, pero manejan tan hábilmente que con eso dominan a muchos que saben menos y por eso les creen.
Esto ocurre así: cuando cualquier persona me propone el tema, a partir de cualquiera de los mil ángulos o facetas y todos sus auxiliares, desde las escrituras, pasando por los íconos y fetiches, los santos, los testimonios vivos, o hasta la música pop, rock, ranchera o balada cristiana, me la empiezo a quitar de encima diciéndole simplemente que no estoy interesado en el tema, pero esto casi nunca es suficiente porque viene la inevitable pregunta formulada con una expresión de lástima y comprensión: ¿cómo así, no te interesa Dios? Entonces me toca responder diciendo: “sí, pero es que…”, y ahí le suelto la frase lapidaria, la sentencia que acaba de raíz con la conversación.  La frase dice:
 “Yo no hablo de Dios, sino con Dios”.
 Ahí si acaso siguen un par de balbuceos desorientados queriendo de alguna manera insistir, pero yo me mantengo firme; lo más que me ha tocado hacer, es repetir la frase de una forma un poco más enfática y mirando a los ojos con cara de “¿qué parte de, yo no hablo de Dios sino con Dios, no entendió?”, y ahí se acaba el tema.
¿Por qué el tema se acaba ahí? Porque alguien con una simple frase les ha hecho caer en la cuenta de que el ser capaz de haber creado todo y manejarlo todo, si es que existe y se le da la gana, no necesita papas ni sacerdotes ni pastores ni biblias ni ovejas ni nada, para hacerse entender. No pueden negar eso porque estarían negando la omnipotencia del objeto de su “fe”, o mejor, pondrían en duda la funcionalidad de su producto comercial o mercancía .
¿Qué quiere decir eso? Pues que ese Dios que tiene que valerse de representantes humanos para que lo expliquen, que necesita de unas escrituras que hablen de Él y de fieles ovejas que, incluso acudiendo a la violencia, extiendan esa palabra divina, es tan pequeño que no es capaz de hacerlo por sí mismo. Es tan débil que tiene que amenazar con castigos a la gente para que lo respete. Está tan devaluado que tiene que recurrir al mísero dinero para pagarle en diezmos a los prohombres que le hacen el favor de mantenerlo vivo. Es tan egoísta que tiene a sus fieles convencidos de que todo lo que no hagan encomendándoselo a Él, les va a Salir mal; por eso la superstición de que si no dicen para todo “si Dios quiere”, o “gracias a Dios”, les saldrá mal.
¿Será que es así?  Yo diría que no…De verdad yo creo que si Dios existe, tiene que ser algo mucho más grande que eso… Algo capaz de producir las materias y las energías contenidas en este y en los demás millones de universos que no conocemos, no puede ser algo que ande preocupado por como fulanita usa su vagina, o zutanito su corrupción, o atendiendo la gripa del la niña o el cáncer del abuelo, mucho menos ayudando a un futbolista a meter un gol y, ni siquiera, controlando inundaciones, derrumbes o catástrofes, porque esos son eventos propios de los ciclos naturales que, según eso, habrían sido creados por Él. Creo que todas esas cosas deberíamos manejarlas aquí, entre nosotros, no entregárselas a un ser invisible que cabe en un libro, que en 3.000 años, si acaso existe y es responsable de todo, lo que ha demostrado es que no ha podido manejar a la humanidad, impidiendo que esté en camino de destruirse a sí misma y destruir al planeta, y mucho menos confiar en los humanos que dicen representarle.
Por eso el título de esta nota, y es que Dios, si es que de alguna manera existe, debe ser algo mucho más grande que el de los religiosos y sus creyentes.
Creo que si alguien se interesa en encontrarlo no lo va a lograr en unos libros que se empezaron a escribir hace 3.000 años, que se resumieron en las biblias y similares hace 1.600 años, que fueron escritos por y para gente que no sabía que la tierra era redonda, y que los religiosos se esfuerzan por ir poniendo al día sin lograrlo, porque las escrituras siempre han ido atrás de la humanidad y lo único que han logrado es atrasarla.
Por fortuna para quienes están naciendo y los que vienen, la era de las religiones está finalizando luego de un fracaso que estuvo a punto de acabar con la humanidad que, gracias a ella misma, ahora reacciona volviendo los ojos hacia el cuidado de la tierra, el agua y el aire, es decir, hacia lo elemental y verdadero.
Por último dejo mi definición de religión:
“La religión es una enfermedad de transmisión genética y contagiosa por contaminación ambiental, que ataca únicamente al ser humano. Las personas afectadas pierden sus defensas mentales naturales al ser reemplazadas por agentes mitoadictivos que, estimulados por los autodenominados representantes de una voluntad fantástica que se nutre de la sumisión y la superstición, cambian la capacidad de raciocinio por una dependencia mórbida que obliga a renunciar al dominio de la propia existencia”.
De verdad, yo creo que si Dios existe, no es un quién, sino un algo más grande que eso…

Gustavo Corredor Ortiz

domingo, 29 de mayo de 2016


Dos Ángeles y Medio
En Ecuador es todo un acontecimiento cultural el rescate, restauración, digitalización y presentación, del material de la película "Dos Ángeles y Medio" (miren en Google y verán que es cierto). Se trata de un largometraje de ficción realizado en Colombia en 1958, en blanco y negro, formato 35 mm, producido por Carlos Corredor Pardo (mi padre, 1915 - 1961), y protagonizado por Marlon de Castro, Luis Alberto Martínez, y Gustavo Corredor Ortiz (o sea, YO, 1946 - ????). Me siento muy orgulloso por esto porque esta película es, ni más ni menos, el testimonio de la iniciación de mi carrera como actor hace, ni más ni menos, 58 años; no estoy seguro, necesitaría confirmación o corrección, pero puede que esto signifique también que yo sea el actor, vivo y activo como actor, más antiguo, o, se oye mejor, más veterano, del cine colombiano.
El orgullo con que los ecuatorianos, con toda la razón, presentan este acontecimiento como un evento nacional ecuatoriano, se debe a que el guion de la película es obra del escritor ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta (1909 – 1981), lo cual por supuesto justifica el mérito que en Ecuador se le da a la película como algo propio, pero no resta para nada el mérito colombiano por haber sido una realización producida con recursos completamente colombianos (aportados en su totalidad por mi padre), actores colombianos, técnicos colombianos, locaciones colombianas, postproducción colombiana, y todo lo demás, colombiano. Creo que eso hace que “Dos Ángeles y Medio” se pueda calificar, sin lugar a dudas, como una película colombiana en la cual, lo repito con todo el orgullo y sentido de pertenencia, tengo el honor y el mérito de ser uno de sus protagonistas; hago el papel de un, en ese entonces, gamín, ahora, habitante de la calle, bogotano de once años (uno de los dos “Ángeles” de la historia).
Recordando un poco sobre la gente de esta producción, puedo decir que, como ya se dijo, el productor Carlos Corredor Pardo y el guionista Demetrio Aguilera Malta, están muertos. No estoy seguro pero creo que también está muerta la directora, una mexicana simpatiquísima que se llamaba Velia Márquez y era la compañera sentimental de Demetrio. Me encantaba que Velia me dirigiera y me esforzaba en hacer las cosas a su gusto, porque cuando lo lograba me premiaba con un abrazo en el que me consumía el rostro entre sus senos. El director de fotografía y camarógrafo era Dagoberto Castro, muy buen tipo que nos hacía reír todo el tiempo, muy prestigioso por esos días pero de quien después de la película no volví a saber nada. La actriz que hacía de niñera del medio ángel era Beatriz Dishington, mujer buenísima y buenísima gente con la que me encantaba conversar; creo que fue con ella que aprendí que algunas mujeres bellas también sirven para hablar; de ella tampoco volví a saber nada. El “galán” que entretuvo a la niñera en el parque y permitió que el medio ángel se perdiera y terminara entre la gallada de los gamines, era un empleado de mi papá, un tipo bien parecido que era vendedor en una de las empresas del viejo, quien a la muerte de él y la quiebra de sus empresas, apareció con empresa propia de artes gráficas, con la misma maquinaria que era de mi viejo, y de quien sí he sabido toda la vida; se convirtió en un industrial millonario y amargado con el que no se puede hablar; se llama Bernardo Moreno y hasta hace como diez años supe que estaba vivo, no sé si todavía lo está ni me interesa. El “medio ángel” era Marlon de Castro, un niño de dos o tres años, hijo de mi estimado camarógrafo, que en la peli no tenía que hacer más que dejarse llevar, y de quien, a pesar de tener desde chiquito ese nombre tan artístico, nunca volví a saber nada. De los “dos ángeles”, o sea los dos gamines que se encuentran al chinito de estrato 18 perdido y pasan las duras y las maduras tratando de ver cómo lo devuelven a su casa, pues uno era yo, y el otro era un gamín de verdad, lo que ahora llaman “actor natural”, que pertenecía a la gallada, ahora “parche”, de los gamines, ahora “ñeros”, del Parque Nacional de Bogotá. El chino era, o es, no sé si estará vivo, es un par de años menor que yo, así que si vive debe tener unos 68 años, de nombre Luis Alberto Martínez, alias “chispas”. Con él hicimos una muy bonita amistad. Como pago por su actuación mi Papá lo llevó a vivir a nuestra casa en las mismas condiciones en que vivíamos mis hermanos y yo, y le ofreció encargarse de su educación y de su vida como si fuera otro de sus hijos. Eso me puso muy contento y ya le estaba preparando el camino para su entrada al Liceo de Cervantes, donde yo estudiaba, cuando me dio una sorpresa de la que aprendí mucho sobre la vida y la gente: no había pasado un mes desde la terminación de la película, cuando Luis Alberto se desapareció de la casa llevándose únicamente la ropa que tenía puesta. Fuimos a buscarlo al Parque Nacional, y los compañeros nos dijeron que se había escondido porque no quería vernos, y que nos pedía perdón por “habernos fallado”, pero que él no soportaba una vida diferente a la de la libertad de la que disfrutaba con su gallada; en ese momento él era un niño de 9 años... Años más tarde, tal vez unos 20, sentado en uno de los bancos del centro donde le lustraban a uno los zapatos, es decir en aquella remota época en la que yo todavía usaba zapatos de lustrar, me quedé mirando al lustrabotas de unos 28 años que creí reconocer, y le pregunté:
─¿Luis Alberto?
─Sí don Gustavo ─me contestó.
Resultamos almorzando juntos en un restaurante, donde me contó que a veces se arrepentía de haber perdido la oportunidad de ser un profesional con una vida muy distinta a la que llevaba, pero que por lo general, sobre todo cuando veía la forma de ser de algunos de sus muy elegantes clientes, muchos de los cuales desempeñaban sus actividades a una cuadra de ahí, en el Capitolio Nacional, le agradecía a la vida por haberlo guiado a tomar la decisión de irse de nuestra casa, y no haber corrido el riesgo de llegar a parecerse a esa … -perdón pero sería una falta de respeto con Chispas el cambiar su expresión-…manada de hijueputas.
Son muchas las anécdotas y recuerdos bellos asociados a la película “Dos Ángeles y Medio” que están llegando ahora a mi mente. Ya veré en qué forma decido contarlos. Por ahora lo único que cuento es que he recibido la noticia de que en estos días van a pasar la peli por Señal Colombia. Voy a ver si logro saber cuándo y a qué hora y se los comunico.

sábado, 12 de diciembre de 2015









Respirando Pasado…
Revolcando por ahí algunos papeles viejos, me encontré con un testimonio de la historia familiar del cual hace muchos años me había olvidado, y que, al verlo de nuevo, me volvió a inflar el pecho de orgullo, como cuando lo conocí por primera vez. Se trata de unas fotocopias de dos columnas publicadas en El Espectador a mediados de los mil novecientos ochenta, una escrita por Gabriel García Márquez, quien no necesita presentación, y la otra por don José Salgar, el empleado más importante en la historia del periódico, quien empezó a trabajar allí como mensajero a los doce años, en 1933, y se retiró setenta años después siendo el director del prestigioso diario.
La columna de García Márquez fue escrita precisamente en ocasión del 50° aniversario de José Salgar como trabajador, ya subdirector de El Espectador, y se refirió a varios temas anecdóticos sobre la vida cotidiana entre el personal del periódico. En uno de los apartes comentó sobre un linotipista que trabajó allí muchos años, a quien todos llamaban “El Guardián del Idioma”, y el propio García Márquez, quien con frecuencia le consultaba sus dudas sobre la escritura y le confiaba la corrección de sus textos, llamaba: “El Sabio del Linotipo”. Lo que García Márquez escribió sobre este personaje fue literalmente lo siguiente:
“…un linotipista estrella ─de aquellos que ya no se hacen─ el cual a su vez llamaba la atención de sus compañeros por dos virtudes distinguidas: porque se parecía como un hermano gemelo al presidente de la República don Marco Fidel Suárez, y porque era tan sabio como él en los secretos de la lengua castellana, hasta el punto de que llegó a ser candidato a la Academia de la Lengua”.
En ese tiempo don José Salgar publicaba su columna “El Hombre de la calle”, y en ella se refirió a la escrita por García Márquez y la dedicó a la memoria del linotipista; decía, literalmente, así:
RETROSPECTIVA.─  Gabriel García Márquez retrocedió treinta años y volvió a sus momentos de reportería en Bogotá, durante cordial cena de compañeros que me ofreció la redacción de El Espectador por los cincuenta años a bordo del periódico.
Esa noche se invirtieron los papeles y un Premio Nobel terminó averiguándole la vida a sus colegas de periodismo. De allí salió la estupenda columna del domingo en la que Gabo refrescó episodios ocultos en la vida del diario, como aquel tablero de las noticias, la vigilia por el hipo del Papa Pío XII o el “linotipista estrella ─de aquellos que ya no se hacen─ el cual a su vez llamaba la atención de sus compañeros por dos virtudes distinguidas: porque se parecía como un hermano gemelo al presidente de la República don Marco Fidel Suárez, y porque era tan sabio como él en los secretos de la lengua castellana.”
Buscando pistas sobre la vida y la muerte del sabio linotipista, localicé ayer a un hijo suyo que ya pasó de los cincuenta años de trabajo como corrector de pruebas, ahora trabaja en Consigna, y lleva el mismo nombre de su padre: Víctor Julio Corredor.
EL MAESTRO.─  Hace 50 años don Víctor Julio Corredor ya tenía una importante historia: había sido diputado a la Asamblea de Cundinamarca y su compañero de escaño fue don José Vicente Concha, quien después como presidente de la República lo llevó al cargo de administrador de la Imprenta Nacional. Por esa época llegaron a Bogotá los primeros linotipos y se matriculó como aprendiz de la máquina maravillosa. Entró a trabajar a El Espectador y el resto de su vida lo dedicó al linotipo, a la poesía y a la corrección en todas sus acepciones.
Recuerdo que me tomó como su alumno, me enseñó a teclear, a leer al revés en los lingotes, a descubrir errores a golpe de ojo. Tenía aspecto de maestro venerable, con chivera blanca, calva reluciente, ojos juguetones. Enrojecía al encontrarse con una falta de ortografía. No dudaba al enderezar frases mal construidas en originales de grandes escritores que llegaban a su linotipo.
Cuando murió en 1960, a los 82 años, Eduardo Zalamea Borda le hizo un elogio en “La Ciudad y el Mundo” y la Academia de la Lengua le rindió un homenaje. Sus únicos escritos publicados en vida habían sido varias críticas literarias en El Nuevo Tiempo.
Sus hijos recogieron después los versos que se dedicaba a escribir en las noches, cuando terminaba su trabajo en la imprenta, y editaron un libro. Víctor Julio, hijo, recita un soneto con esta resonante cola, que hoy hace las veces de coletilla:
                     ¡No sé reír cuando la vida es buena,
                      ni sé llorar si pruebo la amargura!”
Pues sí, ese Sabio del Linotipo, ese Guardián del Idioma, ese Linotipista Estrella, ese Maestro, era el papá de Carlos Corredor, mi Papá, o sea, era mi abuelito paterno. De ahí el orgullo que me infla el pecho, y, seguramente también de ahí, el amor por la escritura y por la aplicación, con seguridad mucho menos depurada que la de mi abuelo, de la gramática y ortografía correctas, en lo que me fijo tanto como para estar seguro de que mi abuelo tampoco habría dejado pasar a don José Salgar ese “averiguándole la  vida a sus colegas” en lugar de la correcta  “averiguándoles”. Gracias abuelito por tus genes, gracias porque jugando conmigo me enseñaste a leer y escribir de corrido a los 5 años, gracias por el cariño que me diste y el orgullo que me das, y gracias por haber compartido tus cigarrillos conmigo cuando yo tenía 13 años y tú 81 y, conversando y fumando juntos, me hiciste sentir que éramos amigos. Viejo divino, ponte un beso! 

jueves, 26 de noviembre de 2015


La Muela y el Puente
Cuento, por Gustavo Corredor Ortiz

Nunca antes había temido atravesar el puente. Lo había hecho siempre con todas las precauciones, pero nunca con miedo. Pero esa mañana, al verlo bambolear por el viento, notar el vacío de los otros dos travesaños del centro que habían desaparecido por la noche, y oír el agónico crujido de los deteriorados maderos que sostenían las maltrechas lianas, lo pensó, y se lamentó por no haber sacado el tiempo que tantas veces se había propuesto para venir a arreglarlo en un día de descanso. Tampoco había nadie más que se interesara en arreglarlo, porque hacía más de un año se habían ido los últimos vecinos que quedaban en el inhóspito risco. Tendría que atravesarlo con más cuidado y esperar para empezar a repararlo en el siguiente día de descanso.
—¿Pero cuál descanso?—. Pensaba mientras, con el costal de las herramientas amarrado a la espalda, agarrado de las lianas de arriba trataba de poner cada pie descalzo en el extremo de los travesaños resbalosos por el rocío, que era la parte soportada por las lianas de abajo. Lo pensaba porque el día libre de cada dos semanas, además del desaliento y malestar por el aguardiente de la noche del día de pago, tenía que dedicarlo al rancho. Que las goteras del techo de lonas y tejas rotas, que los tablones del piso más carcomidos y viejos que los del puente, que los fríos chiflones por entre los cartones y latas de las paredes, que la estufa, que la mesa, o  el cascajo para el barrizal de la entrada. Todo lo que Graciela no podía arreglar —pobre Graciela—. Hacía meses que no la podía llevar al pueblo a visitar a la anciana madre y a que la viera el dentista, porque para eso se necesitaban dos días libres seguidos, y para completar la desdicha de la mujer el dolor en la cara ya no se le había querido volver a quitar; le aumentaba cada día, y la inflamación crecía. Lo único que la calmaba era el emplasto de clavo de olor macerado en aguardiente, que introducía seis o siete veces al día entre el hueco negro que había consumido casi toda la muela.
Siempre, al pasar el puente, quiso calcular la altura de éste sobre el escandaloso río que bajaba con furia golpeando las rocas, pero no la había logrado determinar. Lo único que sabía era que andaba entre tres y cuatro veces el largo del puente o, también, entre seis y siete veces la altura de la casona de dos pisos de la alcaldía. Era un precipicio estrecho y profundo al que llamaban “el cañón tragón”. En ocasiones dejaba caer palos o piedras y se emocionaba al ver que parecían desaparecer antes de tocar el agua, porque la corriente era tan rápida que no permitía ninguna salpicadura; simplemente se tragaba las cosas. —Este sábado no voy a tomar aguardiente, voy a dejar esos pesos para comprar manilas de ésas de plástico que venden ahora y nunca se pudren —se dijo alarmado por el chasquido que sintió en una de las lianas de abajo, en el momento en que daba el último paso antes de pisar tierra al otro lado. Volteó a mirar pero no vio nada raro, las lianas seguían ahí.
Cuando volvía del trabajo al anochecer, cansado, sudoroso y hambriento, al poner los dos pies sobre el puente volvió a sentir el chasquido y se devolvió de un brinco. Quedó temblando de susto y pensó que, si no fuera por Graciela, habría sido mejor quedarse a dormir bajo la enramada del aserrío aunque le hubiera tocado entre los barriles de ACPM. Pero no había remedio, le tocaba llegar al rancho, o si no la mujer se podía volver loca de zozobra pensando en qué le habría podido pasar. Para pesar lo menos posible decidió dejar las herramientas entre unos arbustos, y ésa fue la primera vez en la vida que agradeció el hecho de tener el estómago vacío, porque, debido al dolor de muela, Graciela no le había podido preparar nada de comer para llevar y, él, en lugar de los coscorrones que acostumbraba darle cuando esto pasaba, la había perdonado con toda la consideración por su lamentable estado. Le dio risa nerviosa cuando pensó que si tuviera unos aguardientes entre pecho y espalda estaría pasando el puente con la tranquilidad con que caminaba por el camino real, e imaginándose que se los había tomado se armó de valor y emprendió el arriesgado cruce.
Los nueve minutos que le tomó la travesía del puente se constituyeron en el lapso más largo y azaroso hasta ese instante de su existencia. Aunque sudaba copiosamente y se sentía arder por dentro, la piel se crispaba por la gelidez del viento y las hirientes gotas de llovizna. Los dedos de las manos le dolían engarrotados por el frío y la fuerza con que se tenía que asir a las lianas. El vaivén de la estructura, los crujidos y lamentos de los maderos, el zumbido del ventarrón y el estruendo de las rabiosas aguas bajo él, todo magnificado por el eco de las escarpadas paredes del cañón, se le antojaba como el rugido de mil leones hambrientos que le esperaban para destrozarlo en el fondo del negro abismo. El sabor a sal en la lengua y la contracción de todas las vísceras en el abdomen fueron los síntomas del terror que casi le paralizaba. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar las náuseas, porque se imaginaba que, aunque no tenía nada que vomitar, si lo intentaba los sacudones de las arcadas podrían afectar la precaria resistencia de las deshechas lianas. Los pies descalzos resbalaban sobre la musgosa baba de los travesaños podridos y mojados, por lo que le tocó terminar la segunda mitad avanzando de rodillas, y terminar acostado sobre los travesaños tratando de clavar los dedos en el barro del barranco al que llegó tan agotado, que tuvo que quedarse un rato echado sobre el fango antes de poder volver a moverse.
Hubiera querido descansar más antes de emprender la trepada del abrupto monte que, por primera vez, tendría que afrontar a oscuras porque hasta ese momento cayó en la cuenta de que había dejado la linterna entre el costal de las herramientas, pero el helado aguacero con granizo en que arreció la fría llovizna le obligó a ponerse en marcha. Sólo el rogar al Divino Niño Jesús y a la virgencita de Chiquinquirá para que le acompañaran, le ayudó a soportar la penosa subida por el traicionero risco, hasta la planada del rancho a donde llegó aterido y extenuado soñando con que podría lavarse con agua tibia, recuperarse con una taza de agua de panela muy caliente, y meterse bajo la cobija a dormir abrigado por el calor de la mujer. Pero tanta dicha no fue posible. No más al atravesar la puerta vio que la estufa estaba apagada; no había agua tibia y menos agua de panela caliente. El primer impulso fue ir a la otra habitación y moler a golpes a la inútil, pero el angustioso lamento con que desde allí le llamó ella al oírle entrar, le produjo un escalofrío de pavor porque se le pareció a los que emitiera un compañero de trabajo antes de morir aplastado por el arrume de troncos que se le había venido encima.
Entró apurado a la habitación pero al ver a Graciela tirada en el camastro quedó tieso. La cara era una bola irreconocible. La inflamación deformaba todo el lado izquierdo desde la frente hasta el cuello. El ojo no era más que una arruga de la que supuraba una crema viscosa y amarillenta.
—Ayayay… me muero, me duele mucho, me muero —gemía Graciela mientras con desespero se cogía el oído con una mano y el cuello con la otra.
Lo primero que se le ocurrió fue hacerle un emplasto, pero cuando miró al frasco del clavo de olor lo vio vacío.
—Lléveme, lléveme a que me hagan algo… ay… me muero.
Pero, ¿cómo? Era imposible llevarla a esa hora y con ese aguacero que ya era tempestad. Trató de mirarle entre la boca a ver cómo estaba la muela, pero lo único que logró fue volver a sentir náuseas. La muela no se veía porque estaba cubierta por la masa purpúrea y sanguinolenta en que se había convertido la encía.
—Lléveme al dentista, lléveme… me muero.
Fue por la botella de aguardiente pero no quedaba más que un sorbo. Se lo hizo beber advirtiéndole que hiciera buches antes de pasárselo, y ella obedeció, pero aparte de olvidar por tres segundos el dolor al ser superado por el ardor en la encía, no sintió ningún alivio. Consideró hacerla beber alcohol de reverbero hasta que se durmiera de la borrachera, pero recordó que le habían dicho que ése era el que usaban para adulterar licor, que no se podía tomar porque dejaba ciegas o mataba a las personas que lo consumían, y era cierto; en el pueblo había un ciego y tres muertos que lo atestiguaban. Lo único que pudo hacer para que la pobre esperara a que amainara el temporal y pudieran bajar el risco, fue abrazarla con toda la fuerza y pedirle a la Virgen que le pasara el dolor a él. No supieron cuánto tiempo transcurrió entre ruegos, lamentos, gemidos y llantos, pero a ellos les pareció como un año. Al fin, cuando todavía estaba oscuro, la tormenta cedió y les dejó salir del rancho.
Previendo los riesgos de la bajada entre los filosos peñascos y la pasada del puente, decidió llevar la soga larga para amarrar a Graciela por la cintura y sostenerla en los tramos peligrosos, lo cual le costó grandes esfuerzos porque la desesperada mujer quería andar mucho más rápido de lo que el terreno permitía. Al llegar al puente quiso indicarle las precauciones que debían tener para pasarlo, pero ella no le puso atención y sin pensarlo dos veces inició la travesía casi corriendo. Él no pudo hacer más que enredarse el lazo en una mano y mirar a su alrededor buscando de qué agarrarse con la otra para poder sostenerla si caía, pero no tuvo tiempo de hacerlo porque cuando apenas ella había recorrido los primeros pasos, una de las lianas de abajo se reventó. El tirón que ocasionó el peso de Graciela al caer al vacío fue superior a sus disminuidas fuerzas, y no pudo evitar el ser arrastrado por ella al abismo. Como la mujer iba cayendo antes que él, lo último que pensó fue en mirar muy bien el agua cuando llegara para ver si se producía alguna salpicadura, pero como estaba tan oscuro no lo pudo saber.
 Gustavo Corredor Ortiz. Del libro Opus Mundus.

lunes, 23 de noviembre de 2015


Usted Beneficia, o daña a su sociedad?
                             Test íntimo. Pregunta N° 1

La siguiente pregunta hace parte de un “Test Íntimo”, es decir, una serie de preguntas que no tiene que contestarle a nadie más que a usted, allá, en su mente, donde puede tener completa sinceridad, y que nos va a ayudar a situarnos en la realidad de nuestro carácter como miembros de una sociedad. Vamos a ir publicando las peguntas una a una, para dar tiempo a reflexionar, también íntimamente, sobre los resultados de cada respuesta.
Pregunta 1: ¿Ha imaginado alguna vez, con ganas de que suceda, como una especie de solución, que algún evento natural, como un terremoto, o una inundación, o algo como la explosión de una bomba muy poderosa, acaba, en el caso de Bogotá, con todos los habitantes de ciudad Bolívar, Bosa, Soacha y todos esos barrios donde viven los “pobres”, o cuando ve en los noticieros las tragedias como inundaciones o derrumbes que afectan a gentes humildes en los campos o regiones, piensa que se lo merecen porque eso es lo que se han buscado por no producir para vivir en un sitio mejor?
(La misma pregunta para las otras ciudades, respecto a las zonas de estratos bajos)
Si su respuesta íntima y sincera es NO, dependiendo del resultado de las demás preguntas del test, es posible que usted resulte ser una persona normal apta para vivir en sociedad.
Si su respuesta íntima y sincera es SÍ, usted es una de esas personas egoístas y arrogantes, que cree que sus intereses valen más que la vida de los demás, que está de acuerdo en que siga la guerra para que otros seres humanos que usted no conoce y son humildes mueran matando a los que le incomodan a usted, y, en fin, usted es una de las personas culpables de que Colombia sea uno de los países más desiguales del mundo, y prefiere vivir en el subdesarrollo para saber que seguirá habiendo mucha gente “inferior” a usted, en lugar de apoyar la superación de la pobreza y las diferencias para que vivamos en un país más justo y desarrollado.
No soy amigo de pedir “likes” para mis publicaciones, pero en este caso, dependiendo de la cantidad de “me gusta” y de comentarios o compartidos, sabremos si vale la pena seguir publicando las demás preguntas del test.