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sábado, 21 de enero de 2017

Dios, si acaso existe, no creo que sea tan pequeño…

Dios, si acaso existe, no creo que sea tan pequeño…

Yo, con una simple frase que los deja sin nada que decir, definitiva y afortunadamente me “curé” de tener que soportar la argumentación de los religiosos, desde la elemental de los testigos de Jehová hasta la “avanzadísima” sabiduría papal o pastoral, o de los cristianos que han recibido al hijo del Señor en sus almas, y no ven cómo metérnoslo a los demás así sea por la nariz.
No me ha tocado y espero que nunca me toque porque me parecería muy aburrido, pero sé que la frase funcionaría incluso con eminencias como el papa Francisco, o cualquiera de los más sabios teólogos católicos o apócrifos cristianos, como Cash Luna, Dante Gebel, Andrés Corson, Darío Silva, o hasta con la Piraquive, o los “humildes” pastores de garaje, o cualquiera de los multimillonarios gracias a su labia sobre un tema del que no saben nada, pero manejan tan hábilmente que con eso dominan a muchos que saben menos y por eso les creen.
Esto ocurre así: cuando cualquier persona me propone el tema, a partir de cualquiera de los mil ángulos o facetas y todos sus auxiliares, desde las escrituras, pasando por los íconos y fetiches, los santos, los testimonios vivos, o hasta la música pop, rock, ranchera o balada cristiana, me la empiezo a quitar de encima diciéndole simplemente que no estoy interesado en el tema, pero esto casi nunca es suficiente porque viene la inevitable pregunta formulada con una expresión de lástima y comprensión: ¿cómo así, no te interesa Dios? Entonces me toca responder diciendo: “sí, pero es que…”, y ahí le suelto la frase lapidaria, la sentencia que acaba de raíz con la conversación.  La frase dice:
 “Yo no hablo de Dios, sino con Dios”.
 Ahí si acaso siguen un par de balbuceos desorientados queriendo de alguna manera insistir, pero yo me mantengo firme; lo más que me ha tocado hacer, es repetir la frase de una forma un poco más enfática y mirando a los ojos con cara de “¿qué parte de, yo no hablo de Dios sino con Dios, no entendió?”, y ahí se acaba el tema.
¿Por qué el tema se acaba ahí? Porque alguien con una simple frase les ha hecho caer en la cuenta de que el ser capaz de haber creado todo y manejarlo todo, si es que existe y se le da la gana, no necesita papas ni sacerdotes ni pastores ni biblias ni ovejas ni nada, para hacerse entender. No pueden negar eso porque estarían negando la omnipotencia del objeto de su “fe”, o mejor, pondrían en duda la funcionalidad de su producto comercial o mercancía .
¿Qué quiere decir eso? Pues que ese Dios que tiene que valerse de representantes humanos para que lo expliquen, que necesita de unas escrituras que hablen de Él y de fieles ovejas que, incluso acudiendo a la violencia, extiendan esa palabra divina, es tan pequeño que no es capaz de hacerlo por sí mismo. Es tan débil que tiene que amenazar con castigos a la gente para que lo respete. Está tan devaluado que tiene que recurrir al mísero dinero para pagarle en diezmos a los prohombres que le hacen el favor de mantenerlo vivo. Es tan egoísta que tiene a sus fieles convencidos de que todo lo que no hagan encomendándoselo a Él, les va a Salir mal; por eso la superstición de que si no dicen para todo “si Dios quiere”, o “gracias a Dios”, les saldrá mal.
¿Será que es así?  Yo diría que no…De verdad yo creo que si Dios existe, tiene que ser algo mucho más grande que eso… Algo capaz de producir las materias y las energías contenidas en este y en los demás millones de universos que no conocemos, no puede ser algo que ande preocupado por como fulanita usa su vagina, o zutanito su corrupción, o atendiendo la gripa del la niña o el cáncer del abuelo, mucho menos ayudando a un futbolista a meter un gol y, ni siquiera, controlando inundaciones, derrumbes o catástrofes, porque esos son eventos propios de los ciclos naturales que, según eso, habrían sido creados por Él. Creo que todas esas cosas deberíamos manejarlas aquí, entre nosotros, no entregárselas a un ser invisible que cabe en un libro, que en 3.000 años, si acaso existe y es responsable de todo, lo que ha demostrado es que no ha podido manejar a la humanidad, impidiendo que esté en camino de destruirse a sí misma y destruir al planeta, y mucho menos confiar en los humanos que dicen representarle.
Por eso el título de esta nota, y es que Dios, si es que de alguna manera existe, debe ser algo mucho más grande que el de los religiosos y sus creyentes.
Creo que si alguien se interesa en encontrarlo no lo va a lograr en unos libros que se empezaron a escribir hace 3.000 años, que se resumieron en las biblias y similares hace 1.600 años, que fueron escritos por y para gente que no sabía que la tierra era redonda, y que los religiosos se esfuerzan por ir poniendo al día sin lograrlo, porque las escrituras siempre han ido atrás de la humanidad y lo único que han logrado es atrasarla.
Por fortuna para quienes están naciendo y los que vienen, la era de las religiones está finalizando luego de un fracaso que estuvo a punto de acabar con la humanidad que, gracias a ella misma, ahora reacciona volviendo los ojos hacia el cuidado de la tierra, el agua y el aire, es decir, hacia lo elemental y verdadero.
Por último dejo mi definición de religión:
“La religión es una enfermedad de transmisión genética y contagiosa por contaminación ambiental, que ataca únicamente al ser humano. Las personas afectadas pierden sus defensas mentales naturales al ser reemplazadas por agentes mitoadictivos que, estimulados por los autodenominados representantes de una voluntad fantástica que se nutre de la sumisión y la superstición, cambian la capacidad de raciocinio por una dependencia mórbida que obliga a renunciar al dominio de la propia existencia”.
De verdad, yo creo que si Dios existe, no es un quién, sino un algo más grande que eso…

Gustavo Corredor Ortiz

domingo, 29 de mayo de 2016


Dos Ángeles y Medio
En Ecuador es todo un acontecimiento cultural el rescate, restauración, digitalización y presentación, del material de la película "Dos Ángeles y Medio" (miren en Google y verán que es cierto). Se trata de un largometraje de ficción realizado en Colombia en 1958, en blanco y negro, formato 35 mm, producido por Carlos Corredor Pardo (mi padre, 1915 - 1961), y protagonizado por Marlon de Castro, Luis Alberto Martínez, y Gustavo Corredor Ortiz (o sea, YO, 1946 - ????). Me siento muy orgulloso por esto porque esta película es, ni más ni menos, el testimonio de la iniciación de mi carrera como actor hace, ni más ni menos, 58 años; no estoy seguro, necesitaría confirmación o corrección, pero puede que esto signifique también que yo sea el actor, vivo y activo como actor, más antiguo, o, se oye mejor, más veterano, del cine colombiano.
El orgullo con que los ecuatorianos, con toda la razón, presentan este acontecimiento como un evento nacional ecuatoriano, se debe a que el guion de la película es obra del escritor ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta (1909 – 1981), lo cual por supuesto justifica el mérito que en Ecuador se le da a la película como algo propio, pero no resta para nada el mérito colombiano por haber sido una realización producida con recursos completamente colombianos (aportados en su totalidad por mi padre), actores colombianos, técnicos colombianos, locaciones colombianas, postproducción colombiana, y todo lo demás, colombiano. Creo que eso hace que “Dos Ángeles y Medio” se pueda calificar, sin lugar a dudas, como una película colombiana en la cual, lo repito con todo el orgullo y sentido de pertenencia, tengo el honor y el mérito de ser uno de sus protagonistas; hago el papel de un, en ese entonces, gamín, ahora, habitante de la calle, bogotano de once años (uno de los dos “Ángeles” de la historia).
Recordando un poco sobre la gente de esta producción, puedo decir que, como ya se dijo, el productor Carlos Corredor Pardo y el guionista Demetrio Aguilera Malta, están muertos. No estoy seguro pero creo que también está muerta la directora, una mexicana simpatiquísima que se llamaba Velia Márquez y era la compañera sentimental de Demetrio. Me encantaba que Velia me dirigiera y me esforzaba en hacer las cosas a su gusto, porque cuando lo lograba me premiaba con un abrazo en el que me consumía el rostro entre sus senos. El director de fotografía y camarógrafo era Dagoberto Castro, muy buen tipo que nos hacía reír todo el tiempo, muy prestigioso por esos días pero de quien después de la película no volví a saber nada. La actriz que hacía de niñera del medio ángel era Beatriz Dishington, mujer buenísima y buenísima gente con la que me encantaba conversar; creo que fue con ella que aprendí que algunas mujeres bellas también sirven para hablar; de ella tampoco volví a saber nada. El “galán” que entretuvo a la niñera en el parque y permitió que el medio ángel se perdiera y terminara entre la gallada de los gamines, era un empleado de mi papá, un tipo bien parecido que era vendedor en una de las empresas del viejo, quien a la muerte de él y la quiebra de sus empresas, apareció con empresa propia de artes gráficas, con la misma maquinaria que era de mi viejo, y de quien sí he sabido toda la vida; se convirtió en un industrial millonario y amargado con el que no se puede hablar; se llama Bernardo Moreno y hasta hace como diez años supe que estaba vivo, no sé si todavía lo está ni me interesa. El “medio ángel” era Marlon de Castro, un niño de dos o tres años, hijo de mi estimado camarógrafo, que en la peli no tenía que hacer más que dejarse llevar, y de quien, a pesar de tener desde chiquito ese nombre tan artístico, nunca volví a saber nada. De los “dos ángeles”, o sea los dos gamines que se encuentran al chinito de estrato 18 perdido y pasan las duras y las maduras tratando de ver cómo lo devuelven a su casa, pues uno era yo, y el otro era un gamín de verdad, lo que ahora llaman “actor natural”, que pertenecía a la gallada, ahora “parche”, de los gamines, ahora “ñeros”, del Parque Nacional de Bogotá. El chino era, o es, no sé si estará vivo, es un par de años menor que yo, así que si vive debe tener unos 68 años, de nombre Luis Alberto Martínez, alias “chispas”. Con él hicimos una muy bonita amistad. Como pago por su actuación mi Papá lo llevó a vivir a nuestra casa en las mismas condiciones en que vivíamos mis hermanos y yo, y le ofreció encargarse de su educación y de su vida como si fuera otro de sus hijos. Eso me puso muy contento y ya le estaba preparando el camino para su entrada al Liceo de Cervantes, donde yo estudiaba, cuando me dio una sorpresa de la que aprendí mucho sobre la vida y la gente: no había pasado un mes desde la terminación de la película, cuando Luis Alberto se desapareció de la casa llevándose únicamente la ropa que tenía puesta. Fuimos a buscarlo al Parque Nacional, y los compañeros nos dijeron que se había escondido porque no quería vernos, y que nos pedía perdón por “habernos fallado”, pero que él no soportaba una vida diferente a la de la libertad de la que disfrutaba con su gallada; en ese momento él era un niño de 9 años... Años más tarde, tal vez unos 20, sentado en uno de los bancos del centro donde le lustraban a uno los zapatos, es decir en aquella remota época en la que yo todavía usaba zapatos de lustrar, me quedé mirando al lustrabotas de unos 28 años que creí reconocer, y le pregunté:
─¿Luis Alberto?
─Sí don Gustavo ─me contestó.
Resultamos almorzando juntos en un restaurante, donde me contó que a veces se arrepentía de haber perdido la oportunidad de ser un profesional con una vida muy distinta a la que llevaba, pero que por lo general, sobre todo cuando veía la forma de ser de algunos de sus muy elegantes clientes, muchos de los cuales desempeñaban sus actividades a una cuadra de ahí, en el Capitolio Nacional, le agradecía a la vida por haberlo guiado a tomar la decisión de irse de nuestra casa, y no haber corrido el riesgo de llegar a parecerse a esa … -perdón pero sería una falta de respeto con Chispas el cambiar su expresión-…manada de hijueputas.
Son muchas las anécdotas y recuerdos bellos asociados a la película “Dos Ángeles y Medio” que están llegando ahora a mi mente. Ya veré en qué forma decido contarlos. Por ahora lo único que cuento es que he recibido la noticia de que en estos días van a pasar la peli por Señal Colombia. Voy a ver si logro saber cuándo y a qué hora y se los comunico.

sábado, 12 de diciembre de 2015









Respirando Pasado…
Revolcando por ahí algunos papeles viejos, me encontré con un testimonio de la historia familiar del cual hace muchos años me había olvidado, y que, al verlo de nuevo, me volvió a inflar el pecho de orgullo, como cuando lo conocí por primera vez. Se trata de unas fotocopias de dos columnas publicadas en El Espectador a mediados de los mil novecientos ochenta, una escrita por Gabriel García Márquez, quien no necesita presentación, y la otra por don José Salgar, el empleado más importante en la historia del periódico, quien empezó a trabajar allí como mensajero a los doce años, en 1933, y se retiró setenta años después siendo el director del prestigioso diario.
La columna de García Márquez fue escrita precisamente en ocasión del 50° aniversario de José Salgar como trabajador, ya subdirector de El Espectador, y se refirió a varios temas anecdóticos sobre la vida cotidiana entre el personal del periódico. En uno de los apartes comentó sobre un linotipista que trabajó allí muchos años, a quien todos llamaban “El Guardián del Idioma”, y el propio García Márquez, quien con frecuencia le consultaba sus dudas sobre la escritura y le confiaba la corrección de sus textos, llamaba: “El Sabio del Linotipo”. Lo que García Márquez escribió sobre este personaje fue literalmente lo siguiente:
“…un linotipista estrella ─de aquellos que ya no se hacen─ el cual a su vez llamaba la atención de sus compañeros por dos virtudes distinguidas: porque se parecía como un hermano gemelo al presidente de la República don Marco Fidel Suárez, y porque era tan sabio como él en los secretos de la lengua castellana, hasta el punto de que llegó a ser candidato a la Academia de la Lengua”.
En ese tiempo don José Salgar publicaba su columna “El Hombre de la calle”, y en ella se refirió a la escrita por García Márquez y la dedicó a la memoria del linotipista; decía, literalmente, así:
RETROSPECTIVA.─  Gabriel García Márquez retrocedió treinta años y volvió a sus momentos de reportería en Bogotá, durante cordial cena de compañeros que me ofreció la redacción de El Espectador por los cincuenta años a bordo del periódico.
Esa noche se invirtieron los papeles y un Premio Nobel terminó averiguándole la vida a sus colegas de periodismo. De allí salió la estupenda columna del domingo en la que Gabo refrescó episodios ocultos en la vida del diario, como aquel tablero de las noticias, la vigilia por el hipo del Papa Pío XII o el “linotipista estrella ─de aquellos que ya no se hacen─ el cual a su vez llamaba la atención de sus compañeros por dos virtudes distinguidas: porque se parecía como un hermano gemelo al presidente de la República don Marco Fidel Suárez, y porque era tan sabio como él en los secretos de la lengua castellana.”
Buscando pistas sobre la vida y la muerte del sabio linotipista, localicé ayer a un hijo suyo que ya pasó de los cincuenta años de trabajo como corrector de pruebas, ahora trabaja en Consigna, y lleva el mismo nombre de su padre: Víctor Julio Corredor.
EL MAESTRO.─  Hace 50 años don Víctor Julio Corredor ya tenía una importante historia: había sido diputado a la Asamblea de Cundinamarca y su compañero de escaño fue don José Vicente Concha, quien después como presidente de la República lo llevó al cargo de administrador de la Imprenta Nacional. Por esa época llegaron a Bogotá los primeros linotipos y se matriculó como aprendiz de la máquina maravillosa. Entró a trabajar a El Espectador y el resto de su vida lo dedicó al linotipo, a la poesía y a la corrección en todas sus acepciones.
Recuerdo que me tomó como su alumno, me enseñó a teclear, a leer al revés en los lingotes, a descubrir errores a golpe de ojo. Tenía aspecto de maestro venerable, con chivera blanca, calva reluciente, ojos juguetones. Enrojecía al encontrarse con una falta de ortografía. No dudaba al enderezar frases mal construidas en originales de grandes escritores que llegaban a su linotipo.
Cuando murió en 1960, a los 82 años, Eduardo Zalamea Borda le hizo un elogio en “La Ciudad y el Mundo” y la Academia de la Lengua le rindió un homenaje. Sus únicos escritos publicados en vida habían sido varias críticas literarias en El Nuevo Tiempo.
Sus hijos recogieron después los versos que se dedicaba a escribir en las noches, cuando terminaba su trabajo en la imprenta, y editaron un libro. Víctor Julio, hijo, recita un soneto con esta resonante cola, que hoy hace las veces de coletilla:
                     ¡No sé reír cuando la vida es buena,
                      ni sé llorar si pruebo la amargura!”
Pues sí, ese Sabio del Linotipo, ese Guardián del Idioma, ese Linotipista Estrella, ese Maestro, era el papá de Carlos Corredor, mi Papá, o sea, era mi abuelito paterno. De ahí el orgullo que me infla el pecho, y, seguramente también de ahí, el amor por la escritura y por la aplicación, con seguridad mucho menos depurada que la de mi abuelo, de la gramática y ortografía correctas, en lo que me fijo tanto como para estar seguro de que mi abuelo tampoco habría dejado pasar a don José Salgar ese “averiguándole la  vida a sus colegas” en lugar de la correcta  “averiguándoles”. Gracias abuelito por tus genes, gracias porque jugando conmigo me enseñaste a leer y escribir de corrido a los 5 años, gracias por el cariño que me diste y el orgullo que me das, y gracias por haber compartido tus cigarrillos conmigo cuando yo tenía 13 años y tú 81 y, conversando y fumando juntos, me hiciste sentir que éramos amigos. Viejo divino, ponte un beso! 

jueves, 26 de noviembre de 2015


La Muela y el Puente
Cuento, por Gustavo Corredor Ortiz

Nunca antes había temido atravesar el puente. Lo había hecho siempre con todas las precauciones, pero nunca con miedo. Pero esa mañana, al verlo bambolear por el viento, notar el vacío de los otros dos travesaños del centro que habían desaparecido por la noche, y oír el agónico crujido de los deteriorados maderos que sostenían las maltrechas lianas, lo pensó, y se lamentó por no haber sacado el tiempo que tantas veces se había propuesto para venir a arreglarlo en un día de descanso. Tampoco había nadie más que se interesara en arreglarlo, porque hacía más de un año se habían ido los últimos vecinos que quedaban en el inhóspito risco. Tendría que atravesarlo con más cuidado y esperar para empezar a repararlo en el siguiente día de descanso.
—¿Pero cuál descanso?—. Pensaba mientras, con el costal de las herramientas amarrado a la espalda, agarrado de las lianas de arriba trataba de poner cada pie descalzo en el extremo de los travesaños resbalosos por el rocío, que era la parte soportada por las lianas de abajo. Lo pensaba porque el día libre de cada dos semanas, además del desaliento y malestar por el aguardiente de la noche del día de pago, tenía que dedicarlo al rancho. Que las goteras del techo de lonas y tejas rotas, que los tablones del piso más carcomidos y viejos que los del puente, que los fríos chiflones por entre los cartones y latas de las paredes, que la estufa, que la mesa, o  el cascajo para el barrizal de la entrada. Todo lo que Graciela no podía arreglar —pobre Graciela—. Hacía meses que no la podía llevar al pueblo a visitar a la anciana madre y a que la viera el dentista, porque para eso se necesitaban dos días libres seguidos, y para completar la desdicha de la mujer el dolor en la cara ya no se le había querido volver a quitar; le aumentaba cada día, y la inflamación crecía. Lo único que la calmaba era el emplasto de clavo de olor macerado en aguardiente, que introducía seis o siete veces al día entre el hueco negro que había consumido casi toda la muela.
Siempre, al pasar el puente, quiso calcular la altura de éste sobre el escandaloso río que bajaba con furia golpeando las rocas, pero no la había logrado determinar. Lo único que sabía era que andaba entre tres y cuatro veces el largo del puente o, también, entre seis y siete veces la altura de la casona de dos pisos de la alcaldía. Era un precipicio estrecho y profundo al que llamaban “el cañón tragón”. En ocasiones dejaba caer palos o piedras y se emocionaba al ver que parecían desaparecer antes de tocar el agua, porque la corriente era tan rápida que no permitía ninguna salpicadura; simplemente se tragaba las cosas. —Este sábado no voy a tomar aguardiente, voy a dejar esos pesos para comprar manilas de ésas de plástico que venden ahora y nunca se pudren —se dijo alarmado por el chasquido que sintió en una de las lianas de abajo, en el momento en que daba el último paso antes de pisar tierra al otro lado. Volteó a mirar pero no vio nada raro, las lianas seguían ahí.
Cuando volvía del trabajo al anochecer, cansado, sudoroso y hambriento, al poner los dos pies sobre el puente volvió a sentir el chasquido y se devolvió de un brinco. Quedó temblando de susto y pensó que, si no fuera por Graciela, habría sido mejor quedarse a dormir bajo la enramada del aserrío aunque le hubiera tocado entre los barriles de ACPM. Pero no había remedio, le tocaba llegar al rancho, o si no la mujer se podía volver loca de zozobra pensando en qué le habría podido pasar. Para pesar lo menos posible decidió dejar las herramientas entre unos arbustos, y ésa fue la primera vez en la vida que agradeció el hecho de tener el estómago vacío, porque, debido al dolor de muela, Graciela no le había podido preparar nada de comer para llevar y, él, en lugar de los coscorrones que acostumbraba darle cuando esto pasaba, la había perdonado con toda la consideración por su lamentable estado. Le dio risa nerviosa cuando pensó que si tuviera unos aguardientes entre pecho y espalda estaría pasando el puente con la tranquilidad con que caminaba por el camino real, e imaginándose que se los había tomado se armó de valor y emprendió el arriesgado cruce.
Los nueve minutos que le tomó la travesía del puente se constituyeron en el lapso más largo y azaroso hasta ese instante de su existencia. Aunque sudaba copiosamente y se sentía arder por dentro, la piel se crispaba por la gelidez del viento y las hirientes gotas de llovizna. Los dedos de las manos le dolían engarrotados por el frío y la fuerza con que se tenía que asir a las lianas. El vaivén de la estructura, los crujidos y lamentos de los maderos, el zumbido del ventarrón y el estruendo de las rabiosas aguas bajo él, todo magnificado por el eco de las escarpadas paredes del cañón, se le antojaba como el rugido de mil leones hambrientos que le esperaban para destrozarlo en el fondo del negro abismo. El sabor a sal en la lengua y la contracción de todas las vísceras en el abdomen fueron los síntomas del terror que casi le paralizaba. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar las náuseas, porque se imaginaba que, aunque no tenía nada que vomitar, si lo intentaba los sacudones de las arcadas podrían afectar la precaria resistencia de las deshechas lianas. Los pies descalzos resbalaban sobre la musgosa baba de los travesaños podridos y mojados, por lo que le tocó terminar la segunda mitad avanzando de rodillas, y terminar acostado sobre los travesaños tratando de clavar los dedos en el barro del barranco al que llegó tan agotado, que tuvo que quedarse un rato echado sobre el fango antes de poder volver a moverse.
Hubiera querido descansar más antes de emprender la trepada del abrupto monte que, por primera vez, tendría que afrontar a oscuras porque hasta ese momento cayó en la cuenta de que había dejado la linterna entre el costal de las herramientas, pero el helado aguacero con granizo en que arreció la fría llovizna le obligó a ponerse en marcha. Sólo el rogar al Divino Niño Jesús y a la virgencita de Chiquinquirá para que le acompañaran, le ayudó a soportar la penosa subida por el traicionero risco, hasta la planada del rancho a donde llegó aterido y extenuado soñando con que podría lavarse con agua tibia, recuperarse con una taza de agua de panela muy caliente, y meterse bajo la cobija a dormir abrigado por el calor de la mujer. Pero tanta dicha no fue posible. No más al atravesar la puerta vio que la estufa estaba apagada; no había agua tibia y menos agua de panela caliente. El primer impulso fue ir a la otra habitación y moler a golpes a la inútil, pero el angustioso lamento con que desde allí le llamó ella al oírle entrar, le produjo un escalofrío de pavor porque se le pareció a los que emitiera un compañero de trabajo antes de morir aplastado por el arrume de troncos que se le había venido encima.
Entró apurado a la habitación pero al ver a Graciela tirada en el camastro quedó tieso. La cara era una bola irreconocible. La inflamación deformaba todo el lado izquierdo desde la frente hasta el cuello. El ojo no era más que una arruga de la que supuraba una crema viscosa y amarillenta.
—Ayayay… me muero, me duele mucho, me muero —gemía Graciela mientras con desespero se cogía el oído con una mano y el cuello con la otra.
Lo primero que se le ocurrió fue hacerle un emplasto, pero cuando miró al frasco del clavo de olor lo vio vacío.
—Lléveme, lléveme a que me hagan algo… ay… me muero.
Pero, ¿cómo? Era imposible llevarla a esa hora y con ese aguacero que ya era tempestad. Trató de mirarle entre la boca a ver cómo estaba la muela, pero lo único que logró fue volver a sentir náuseas. La muela no se veía porque estaba cubierta por la masa purpúrea y sanguinolenta en que se había convertido la encía.
—Lléveme al dentista, lléveme… me muero.
Fue por la botella de aguardiente pero no quedaba más que un sorbo. Se lo hizo beber advirtiéndole que hiciera buches antes de pasárselo, y ella obedeció, pero aparte de olvidar por tres segundos el dolor al ser superado por el ardor en la encía, no sintió ningún alivio. Consideró hacerla beber alcohol de reverbero hasta que se durmiera de la borrachera, pero recordó que le habían dicho que ése era el que usaban para adulterar licor, que no se podía tomar porque dejaba ciegas o mataba a las personas que lo consumían, y era cierto; en el pueblo había un ciego y tres muertos que lo atestiguaban. Lo único que pudo hacer para que la pobre esperara a que amainara el temporal y pudieran bajar el risco, fue abrazarla con toda la fuerza y pedirle a la Virgen que le pasara el dolor a él. No supieron cuánto tiempo transcurrió entre ruegos, lamentos, gemidos y llantos, pero a ellos les pareció como un año. Al fin, cuando todavía estaba oscuro, la tormenta cedió y les dejó salir del rancho.
Previendo los riesgos de la bajada entre los filosos peñascos y la pasada del puente, decidió llevar la soga larga para amarrar a Graciela por la cintura y sostenerla en los tramos peligrosos, lo cual le costó grandes esfuerzos porque la desesperada mujer quería andar mucho más rápido de lo que el terreno permitía. Al llegar al puente quiso indicarle las precauciones que debían tener para pasarlo, pero ella no le puso atención y sin pensarlo dos veces inició la travesía casi corriendo. Él no pudo hacer más que enredarse el lazo en una mano y mirar a su alrededor buscando de qué agarrarse con la otra para poder sostenerla si caía, pero no tuvo tiempo de hacerlo porque cuando apenas ella había recorrido los primeros pasos, una de las lianas de abajo se reventó. El tirón que ocasionó el peso de Graciela al caer al vacío fue superior a sus disminuidas fuerzas, y no pudo evitar el ser arrastrado por ella al abismo. Como la mujer iba cayendo antes que él, lo último que pensó fue en mirar muy bien el agua cuando llegara para ver si se producía alguna salpicadura, pero como estaba tan oscuro no lo pudo saber.
 Gustavo Corredor Ortiz. Del libro Opus Mundus.

lunes, 23 de noviembre de 2015


Usted Beneficia, o daña a su sociedad?
                             Test íntimo. Pregunta N° 1

La siguiente pregunta hace parte de un “Test Íntimo”, es decir, una serie de preguntas que no tiene que contestarle a nadie más que a usted, allá, en su mente, donde puede tener completa sinceridad, y que nos va a ayudar a situarnos en la realidad de nuestro carácter como miembros de una sociedad. Vamos a ir publicando las peguntas una a una, para dar tiempo a reflexionar, también íntimamente, sobre los resultados de cada respuesta.
Pregunta 1: ¿Ha imaginado alguna vez, con ganas de que suceda, como una especie de solución, que algún evento natural, como un terremoto, o una inundación, o algo como la explosión de una bomba muy poderosa, acaba, en el caso de Bogotá, con todos los habitantes de ciudad Bolívar, Bosa, Soacha y todos esos barrios donde viven los “pobres”, o cuando ve en los noticieros las tragedias como inundaciones o derrumbes que afectan a gentes humildes en los campos o regiones, piensa que se lo merecen porque eso es lo que se han buscado por no producir para vivir en un sitio mejor?
(La misma pregunta para las otras ciudades, respecto a las zonas de estratos bajos)
Si su respuesta íntima y sincera es NO, dependiendo del resultado de las demás preguntas del test, es posible que usted resulte ser una persona normal apta para vivir en sociedad.
Si su respuesta íntima y sincera es SÍ, usted es una de esas personas egoístas y arrogantes, que cree que sus intereses valen más que la vida de los demás, que está de acuerdo en que siga la guerra para que otros seres humanos que usted no conoce y son humildes mueran matando a los que le incomodan a usted, y, en fin, usted es una de las personas culpables de que Colombia sea uno de los países más desiguales del mundo, y prefiere vivir en el subdesarrollo para saber que seguirá habiendo mucha gente “inferior” a usted, en lugar de apoyar la superación de la pobreza y las diferencias para que vivamos en un país más justo y desarrollado.
No soy amigo de pedir “likes” para mis publicaciones, pero en este caso, dependiendo de la cantidad de “me gusta” y de comentarios o compartidos, sabremos si vale la pena seguir publicando las demás preguntas del test.

viernes, 20 de noviembre de 2015


Lo salvaje de ser civilizado, o las fronteras mentales en un mundo globalizado.



Es natural la defensa frente a un ataque y comprensible la retaliación. Pero como ciudadano, prefiero pensar individualmente para no terminar, pasivamente, siendo parte de un extremo en el que no quiero estar. Mientras tanto, que la inteligencia, o la brutalidad de los estados que se atacan y defienden, se encarguen de eso, de atacarse y defenderse.
Que ISIS sea un grupo terrorista conformado por salvajes asesinos psicópatas que pretenden instaurar un modo de vida político y religioso equivalente a un retorno a la edad media o que la expansión de sus acciones en occidente, como parte de su objetivo primordial de reconstrucción del Califato, sean comparados con el comportamiento de una metástasis; son los highlights del reduccionismo al que, para un gran número de periodistas, bloggers y usuarios de las redes que tratan de ser contundentes en llamar al crimen por su nombre y no dejar ningún resquicio por el que se pueda filtrar una posible justificación de ese accionar criminal, se termina sometiendo cualquiera de sus notas y conceptos sobre este grupo.
Claramente no pretendo justificar ningún acto de crimen y terror, actos que sin duda condeno, cuestionando este tipo de posiciones tajantes. Solo intento dimensionar, de alguna manera, a qué se enfrenta el mundo que ha sido declarado objetivo de los ataques de ISIS y frente a esta búsqueda percibo una irresponsabilidad mediática ligada a los acontecimientos que los ataques en París han desatado. Por frenético que sea el momento histórico que vivimos, lo que decimos no debe ser inmediatista ni subestimar, por juzgar desde el dolor y el odio antes de indagar, el fenómeno en que este grupo se ha convertido al reducirlo todo al resultado de una violencia irracional. Porque en la propagación de su pensamiento fuera de sus fronteras, alguna lógica, por brutal que nos pueda parecer, está afectando cada vez a más personas de occidente. Para este análisis, por demás urgente, debemos ver los actos de este grupo desde sus fundamentos radicales y no solo desde la soberbia y superioridad propia de los que habitamos el "mundo civilizado". Como no conozco a ningún miembro de ISIS en persona y casi todo de ellos resulta para mí un misterio me esfuerzo, como las personas que sí conozco y luchan contra la metástasis de un cáncer o la psicopatía con las que se les compara, en entender a fondo la enfermedad para enfrentarla y evitar, en la desidia que puede producir el reduccionismo, perder una batalla contra el tiempo, la locura o la inevitable muerte.
Si no se nada del otro tengo en cuenta, antes de definirlo, que no necesariamente occidente, el primer mundo o lo que aparentemente conozco, representan lo que supone la modernidad desde la que se le llama salvaje a todo lo diferente. Porque, por poner un par de ejemplos, veo como los modelos educativos de occidente poco han variado desde su concepción en la Ilustración o como las monarquías de Europa que, aunque pierdan progresivamente el poder que alguna vez tuvieron, son estructuras estáticas cada vez más alejadas de una juventud que domina el uso de las herramientas modernas, las mismas herramientas con las que la visión del Estado Islámico se propaga muy fácilmente y a las que sí son susceptibles estos jóvenes que se sienten invitados a participar en un sistema que, a diferencia de las democracias en las que habitan, los invita a participar activamente en algo. Los países civilizados llaman a sus poblaciones, como un todo, a apoyar sus iniciativas militares como espectadores desde los medios masivos, mientras en sus laptops y teléfonos móviles, los jóvenes individuos marginados de esas mismas sociedades desarrolladas, modelos educativos anacrónicos y formas de gobierno estáticas; son invitados y, en muchos casos, radicalizados como militantes activos de los salvajes, seducidos por una conversación en primera persona que por fin les da valor y pertenencia al dejarlos ser emisores, no solo receptores.
La industrialización que llena de opciones la aparente libertad de la demanda frente a las góndolas de los supermercados, la capacidad militar que desfila en fechas importantes desplegándose vistosamente, como las plumas de las aves del paraíso, para asustar a los bárbaros del subdesarrollo o la infraestructura que mueve y conecta países; son elementos de la modernidad que se vive o a la que se aspira. Pero me pregunto, ¿es esta modernidad moderna?, esta noción debe partir, también, de la capacidad de replantear la forma en que operan todos esos elementos que la sustentan. La modernidad de los "países civilizados" no está en duda, para mí, solo por los anacrónicos motivos que mencioné anteriormente, sino porque se basa en la utilización de unos recursos naturales no renovables que no les pertenecen y que, en su gran mayoría, deben ser obtenidos sin importar las personas, los derechos y las formas de vida de sus verdaderos dueños. Porque es una modernidad no sostenible, basada en una revolución que ya fue y que, dos siglos después, está acabando con el planeta.
Si hay una oportunidad para repensarnos como humanidad, seguro es esta. Sueño con que no la desaprovechemos y, en vez de vivir este modernismo con regusto a medioevo, tengamos un nuevo y definitivo renacimiento en el que el florecimiento económico de cada país no dependa de las guerras que libra en otros, sino de su capacidad de darle la vuelta a la forma de producir su energía, del talento creador, de la capacidad de trabajo de su gente y en el que las fronteras, más que barreras físicas desde las que se establece la discriminación, sean la delimitación de identidades que nos recuerdan el respeto a la diferencia en la diversidad. Un mundo en el que la verdadera cooperación de los más fuertes sea la finalización de las prácticas que hipócritamente esconden tras las migajas de las donaciones humanitarias para los más débiles.
Que bien se siente hablar del mundo globalizado y qué difícil es entender que los problemas actuales, de otros lugares del globo, también son míos.

Comentarios

Gustavo Corredor Ortiz Excelente nota, es una sensata explicación que tiene el gran mérito de abordar un problema global sin caer en el facilismo de las teorías religiosas y la responsabilidad de los fanatismos, es decir, que está de acuerdo con el postulado "Amar al mundo sobre todas las ideas", y por eso le solicito a Tomás Corredor su autorización para publicarla en el blog "Opus Mundus"


Tomás Corredor Dale Gustavo, todo un honor mi viejo amado.